jueves, febrero 16, 2006

Rodin y su imprecedera enseñanza



Es verdad, no se ven igual las esculturas de Rodin en un espacio chato y sin sentido como el que se eligió para exponerlos en el Centro Histórico de Ciudad de México, que en los magníficos pedestales parisinos, rodeadas de jardines, fuentes, ese sol que asombra y deslumbra, y un infinito cielo azul; y sin embargo, la majestuosidad, la fuerza de la forma permanece. Elevándose de la grosera materia, de la argamasa y del caos, hasta convertirse en un gesto absoluto, en un instante que lo dice todo, que lo expresa poderosamente, el arte escultórico de Rodin ejemplifica cómo es que a partir de lo más elemental, de lo más diminuto, se abre un portal hacia lo inconmensurable. Es justamente a esto a lo que el arte debe aspirar. El arte como vorágine que reúne las fuerzas del cosmos en un instante y nos revela todo el misterio y maravilla de la creación. No por nada se ha dicho que en la palabra hay algo mágico, poderoso. Las esculturas de Rodin son eso: expresión pura, en su máxima dimensión.

A menudo se suele afirmar que el arte tiene una cercanía con la religión por esta cualidad de vincular, de re-ligar a los individuos. Y es cierto también que en la experiencia estética se suele vivenciar, de una manera más o menos cercana, o lejana, según se quiera, eso que en otros ámbitos constituye la experiencia del mysterium tremendum, esa sensación de inconmensurabilidad, de inefabilidad, que sólo lo sacro, lo numinoso, provoca. Pero hay que ser cuidadoso con el uso de los términos, de las palabras. El arte es un producto humano, y por tanto nos da una idea no de lo que es completamente lo otro, según la terminología de Otto, sino de lo semejante, de aquello que de alguna manera ya está en uno. Lo numinoso es, justamente, ese mysterium tremendum que se relaciona con lo divino, las deidades, lo sagrado, lo sobrenatural, lo sagrado y lo trascendente. He aquí una de las gratuidades de lo diminuto, de las palabras, que al ser utilizado arbitraria, gratuitamente, puede terminar por expresar algo que no corresponde a los hechos.

El arte escultórico de Rodin nos recuerda esa potencia que la materia lleva en su interior. Igual que la lava de un volcán, que pugna por salir de aquello que la aprisiona, así irrumpen estas impresionantes formas en bronce, luchando fervorosamente por una dinámica que le es ajena al material de origen. Para la mayoría que va como despistado turista a ver algo que no es capaz de entender ni de vivenciar, estas esculturas sólo son un ejercicio de curiosidad.

Empero, hay un aspecto paralelo al de las esculturas exhibidas que merece ser analizado. Uno puede ver entre las bancas que rodean el espacio vacío de lo que fue el atrio del Templo de San Francisco de Asís, a algunos estudiantes que trazan bocetos de las esculturas. Para ellos, su inesperada presencia es una oportunidad para ejercitar virtudes que, igual que la materia de que están hechas las esculturas, no les corresponde. Sobre el papel realizan trazos, desde distintos ángulos, de las imposibles figuras. A veces con habilidad enorme, en unos cuantos trazos, el torso, los muslos, la enorme cabeza, quedan plasmados. En otras es a través de un esfuerzo considerable. Para estos visitantes, como para muchos en otros museos, se trata de practicar una técnica específica con la tinta, el carboncillo o cualquier otro material disponible. Su visita no es muy distinta que la del turista despistado. Muy pocos van a contemplar el milagro.

Pero esto que uno ve con los estudiantes de pintura, ocurre también en otros ámbitos. Recuerdo haber ido a escuchar a Pieter Wispelwey a la Sala Netzahualcóyotl, y una sala llena de público lo esperaba. Más o menos a la mitad del programa, comenzaron a llegar los estudiantes de violonchelo del Conservatorio. Era inevitable no percatarse de ellos, pues llegaron cargando su instrumento. Igual que los que acuden a ver las esculturas de Rodin para practicar una técnica, también éstos venían para ver al Maestro ejercer la suya y quizá aprender con él, en una sola noche, lo que no pueden enseñarles en los salones.

Me resulta curioso que la mayoría de las veces que he ido a conciertos de esta clase, es decir cuando viene un gran Maestro del extranjero, el público se divide en algo así como castas. De alguna manera, una buena parte acude a refrendar un nacionalismo. Así me ha pasado cuando he ido a ver orquestas alemanas, italianas, francesas, o españolas, o un concierto con obras suecas: el público de tales nacionalidades acude acaso por única ocasión, porque la tierra llama. Hay, por supuesto, un cierto nivel cultural y económico, pero lo primordial es ese aspecto nacionalista. Los españoles acuden sólo cuando viene una orquesta o un músico español, los argentinos cuando viene algún cantante o artista argentino. No van porque se trate de un contacto con el arte en estado de ebullición. En un nivel más directo, es característico de los conciertos mexicanos que cuando se interpreta en Huapango de Moncayo la gente salte como empujada por un resorte y aplauda y grite bravos, sin mayor juicio que el del entusiasmo. ¡El Viva México de que hablaba Cuesta!

Aunque en menor medida, en el ámbito literario ocurre más o menos lo mismo, aunque aquí se suelen dar gradaciones incluso ideológicas, como en el caso de una lectura que dio Saramago alguna vez en Bellas Artes y un grupo de retrasados, desde el segundo piso, comenzó a corear consignas zapatistas. O el de Paul Aster, que leyó unos textos verdaderamente inmundos y sólo porque, igual que ciertos cantantes y artistetes, tiene su grupo de incondicionales (empezando por Ruy Sánchez, que casi ponía los ojos en blanco), merecía la somnolencia que me invadió esa vez —creo que la amiga con la que fui me tuvo que despertar. Por otro lado, están aquellos que, estudiando letras, no leen nada, no saben nada ni sienten curiosidad de absolutamente nada.

Pero, finalmente, lo que me interesa señalar de estos diversos ejemplos, es que en todos los casos se trata de personas que repiten un ejercicio onanista que no conduce a ninguna parte, que no les repara mayor sorpresa. En algunos casos se trata de fetichismo puro, al mejor estilo de los artistas del mundo del rock: hay que ir a ver a Saramago no porque sea escritor, sino porque apoya a los zapatistas. Sólo retóricamente me pregunto, entonces, ¿en qué momento el ejercicio estético, artístico, se vuelve una rutina tal que hace que el que acuda a alguna de sus manifestaciones se vuelva prácticamente insensible a esta poderosísima fuerza? ¿En qué momento la pasión por la creación se transforma en un repetitivo hacer sin sentido? No lo sé, y acaso no importe. Pero para unos pocos, ver esos cuerpos desnudos, esos torsos en tensión, a punto de dar un giro, de saltar del pedestal en abierta rebeldía contra la materia que los somete.

No parece casual que en ese espacio tan feo en que fueron colocadas las esculturas, se encuentre, irónicamente, el siguiente pensamiento del autor: “Es feo en el arte lo que es falso, lo que es artificial, lo que sonríe sin motivo, lo que amanera sin razón, o que arquea o se endereza sin causa, todo lo que carece de alma y verdad, todo lo que no es más que alarde de hermosura y de gracia, todo lo que miente.”

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