lunes, abril 03, 2006

Sobre la desaparición del Centro Mexicano de Escritores

Mis cero lectores, se cerró finalmente una etapa de la historia de la literatura mexicana. Desde el año pasado corrían rumores, y más que rumores, sobre el cierre del Centro Mexicano de Escritores. Pues justamente el pasado 28 de marzo, en una deslucida ceremonia en la que ni siquiera se presentó Griselda Álvarez (allí se ve cuánto le importaba el CME a esta pinche momia), presidenta del CME, se entregó el acervo histórico del Centro a la Biblioteca Nacional de México.

Para muchos el cierre de esta institución pasó inadvertida, la entrega del acervo ni siquiera les interesó, y los muchos ex becarios que, me consta, solían discutir sobre quiénes de ellos sería el candidato ideal para sustituir a Carlos Montemayor, brillaron por su ausencia. El mayor aplauso de la ceremonia lo recibió Martha Domínguez, a quien todos los becarios reconocen como la verdadera sustentadora y promotora de esta institución por generaciones.

Lo triste del asunto fue la presencia de Carlos Montemayor, que sin pena ni gloria ni vergüenza alguna, se limitó a señalar que “todo ciclo llega a su fin”, sin hacer, obvio, mención alguna a su posible responsabilidad por sus actividades egocéntricas, léase grabar discos, defender a los indígenas, ser opinólogo de Televisa, estrellita marinera de La Jornada, y otras virtudes que en nada ayudaron a la supervivencia del CME.

En la ceremonia estuvieron presentes Rubén Bonifaz Nuño que, como Mun-ra, aquel célebre personaje de los Thundercats, parecía haber salido de su féretro para ver si recibía algún tipo de energía que levantara su decrépito cuerpo. No dijo una sola palabra. Sólo lo sacaron a airearse, so pretexto que fue uno de los primeros becarios. Su silencio, más allá de las cuestiones de salud, fue más que evidente, fue cómplice. Por su parte, Clementina Díaz y de Ovando, otra becaria que jamás hizo nada que valiera la pena ser recordado, leyó una torpe memoria sobre los libros históricos que vieron su origen gracias al mecenazgo del CME. Vicente Quirarte sólo se dedicó a ofrecer disculpas por no haber mencionado a algunos, como a mí, como si eso fuera a cambiar en algo el asunto.

Pero lo más triste fue el comportamiento de Montemamón, que tras su pequeño speech, bajo el pretexto de no sé qué, desapareció raudo y callado, no fuera a ocurrir que alguien, como yo, por ejemplo, fuera a reprocharle su hipócrita conducta frente a la institución. Pero si Montemamón se portó como un canalla, sin duda el más cínico fue Alí Chumacero (“él ayudó a construir un México más libre”), que como solía ocurrir en las sesiones del CME, se quedó dormido en la mesa, y no dijo esta boca es mía.

Hubiera sido demasiado esperar que en este último momento Montemamón o Chumacero tuvieran un atisbo de dignidad, algo que por supuesto jamás han tenido. Ante los hechos consumados, el silencio de uno, y la sumisa aceptación del otro, ofrecieron una clara imagen de a quiénes les corresponde más correctamente el título de La generación de los enterradores.

Es triste que el CME haya cerrado sus puertas y que Montemamón sólo haya atinado a exponer las torpes respuestas de quienes se negaron a seguir contribuyendo a tan noble institución. También quedó de manifiesto que a Montemamón el CME le importó un comino, y su absoluta falta de imaginación para proponer nuevas estrategias es sólo un reflejo de su hipocresía y falsedad. Y el abierto silencio de Chumacero sólo confirma porqué nadie hizo el más mínimo esfuerzo por hacer algo para renovar las estructuras del CME.

Un egoísta y soberbio Carlos Montemayor sin imaginación ni creatividad, y un anciano Alí Chumacero sin energía y sin nada que decir desde hace años, explican porqué el Centro Mexicano de Escritores desapareció con más pena que gloria.

Ya lo dije en otro momento, y lo repito ahora, escupo sobre sus nombres, y cuando mueran, lo haré en público, pues no me merecen el menor respeto semejantes buitres.

4 comentarios:

B dijo...

Pues la verdad es que sí, qué lástima. Y como mencionas, totalmente inadvertido.

Rodrigo Ramos dijo...

No creo que el desarrollo de proyectos personales te vuelva egocéntrico. Mucho menos, "ayudar a los indígenas", puesto que no es un acto banal y carente de méritos.

Coincido contigo que no era justo que lo cerrarán, sin embargo, con las rabietas y los ataques que haces a personas que poco podían hacer, no resolverás nada. Han pasado muchos años de eso y espero que con ellos la madurez te inunde.

Saludos

Matilde Marín dijo...

Qué pena que tampoco se recuerde a un Felipe García Beraza, que lo vio nacer, fue el artífice de mucho de lo que allí se realizó, (incluída Martha Domínguez Cuevas, quien después de un arduo trabajo fue víctima de sí misma contagiándose del egocentrismo). Qué pena, en verdad, cuando recuerdo con emoción haber tenido en mis manos los manuscritos de Pedro Páramo y los escritos de Juan José Arreola.

Matilde Marín dijo...

Qué pena que tampoco se recuerde a un Felipe García Beraza, que lo vio nacer, fue el artífice de mucho de lo que allí se realizó, (incluída Martha Domínguez Cuevas, quien después de un arduo trabajo fue víctima de sí misma contagiándose del egocentrismo). Qué pena, en verdad, cuando recuerdo con emoción haber tenido en mis manos los manuscritos de Pedro Páramo y los escritos de Juan José Arreola.