viernes, noviembre 07, 2008

El derecho al rencor

Con la muerte del secretario de Gobernación, Juan Camilo Mouriño, muchas cosas salen a relucir, tanto en lo referente a su relación con el Presidente de la República, como en lo referente a lo que debería ser un funeral de Estado. En este último aspecto, la ceremonia efectuada en el Campo Marte y transmitida por Televisa la medianoche del jueves 6 para amanecer 7, denota que no existe un protocolo que regule este tipo de solemnes ceremonias. Con solemne me refiero no a un respeto hacia el secretario de Gobernación, por quien no siento la menor simpatía, sino porque se supone que el Estado mexicano está supuestamente de luto. En lugar de eso, lo que se pudo observar fue el elogio hecho por el amigo, el amigo dolido por la muerte de su cotlapache, pero no vimos, en ningún momento, una ceremonia luctuosa conducida por el jefe del Ejecutivo asumiendo la dignidad que el cargo amerita. Por el contrario, si el fallecido fue un patriota —cito las palabras textuales del Presidente: “México ha perdido a mexicanos patriotas que trabajaron al servicio del Estado mexicano”—, sobre cuyo patriotismo no sabemos absolutamente nada, cabe preguntarse por qué razón la bandera nacional no estaba a media asta. Se trata de la muerte del segundo hombre más importante en el país, cuyo fallecimiento no significó un luto por parte del Estado, un luto que sí vimos y seguimos viendo en fechas solemnes como los aniversarios del temblor de 1985. De hecho, son escasas, si no es que nulas, las fechas en que oficialmente el Estado mexicano se pone de luto.
Con la afirmación que hizo Luis XIV de que L’État cest moi, entonces una muerte al interior del gabinete debería ser ocasión de luto no personal sino institucional, porque es el Estado el que pierde a uno de los suyos en primer lugar, y después es el ciudadano Presidente quien sufre tal pérdida. Pero aquí no vimos eso, de acuerdo a lo visto en tan deslucida y torpemente organizada ceremonia luctuosa. Es realmente patético ver una ceremonia luctuosa conducida por el Presidente de la República, quien entrega a los deudos de los fallecidos una bandera oficial mexicana, recibiéndola de un oficial de la policía auxiliar y no del titular de la Secretaría de la Defensa Nacional, pese a que estaba en la fila de los funcionarios de gobierno. Sería excesivo referir la cantidad de errores y fallas u omisiones desarrolladas en esta supuesta ceremonia luctuosa de Estado, en donde el dolor de las familias fue evidente, pero donde nunca estuvo presente la solemnidad ni la organización que cabría esperar de una ceremonia de este tipo. Sólo se me ocurre preguntar, ¿dónde diablos está el protocolo de Estado para ceremonias luctuosas? La ceremonia luctuosa del funeral del secretario de Gobernación fue una burla, y no muestra el ejercicio de poder que una ceremonia de este tipo debería transmitir, pues lo que nos permitió ver es que en esto, como en todo lo demás, el país se rige por la desorganización, por el pendejismo más absoluto, por la falta absoluta de prácticas rituales, emblemáticas, del poder del Estado. Y esto es lo más grave del caso, porque demuestra que en todos los aspectos del ejercicio del poder en México, se parte del principio de improvisación y no de la planeación, de la organización. Muestra, en el fondo, un Estado débil y desorganizado, y explica por qué la tan cacareada guerra contra el narcotráfico es un fracaso espeluznante que sólo ha traído más zozobra y miedo a los mexicanos.
Por otro lado, incluso las muestras de duelo mostradas por los actores políticos del país son una ocasión magnífica para que los lamehuevos de siempre hallen una oportunidad para ofrecer sus invaluables servicios profesionales. Así es como fue posible ver a la serpiente llamada Carlos Marín arrastrase el miércoles por la noche en Tercer Grado y reprocharle a López Obrador y su movimiento que enviaran un mensaje de condolencias por el fallecimiento de Juan Camilo Mouriño, convertido ahora en santo de la democracia por obra y gracia de un discurso bíblico de su amigochas Jelipillo Cola de Ratón, lleno de referencias bíblicas al Evangelio de San Marcos. La lengua viperina de Marín consideró que fue una hipocresía de AMLO enviar condolencias por la muerte del copiloto de la nación cuando en el pasado inmediato cuestionó la honorabilidad y honestidad del secretario de Gobernación —sólo le faltó decir: "¡Qué poca madre tiene! ¡Cómo se atreve!". Pero de igual manera se habría expresado si AMLO hubiera enviado un mensaje como el que yo escribí, festejando que este pinche corrupto de mierda haya pasado a otra dimensión. Es increíble que este lamehuevos atómico (ahora que podremos ver Doctor Atomic de John Adans en el Auditorio Nacional) de Carlos Marín no se percate que entre los políticos hay momentos de civilidad y de buenos modales para reconocer las virtudes, reales o ficticias, de los fallecidos y compartir, real o fingidamente, el dolor público. Afortunadamente, no es mi caso, así que puedo decir, una y otra vez, que qué bueno que se murió ese hijo de la chingada, y mentarle al mismo tiempo su madre al lamehuevos de Carlos Marín por mostrarse de cuerpo entero cada vez que se le presenta la ocasión, algo que ocurre casi a diario. Hasta aquí me detengo en las consideraciones sobre el simbolismo que sería deseable en este tipo de ceremonias, y paso al aspecto que en realidad me importa señalar.
He señalado ya mi absoluto júbilo por la muerte de ese despreciable secretario de Gobernación que falleció en un accidente de aviación en la ciudad de México. Creo que es necesario señalar por qué me expreso con tal desprecio, algunos incluso dirían, y dicen, odio, en lugar de lamentar su muerte. Mi desprecio hacia este patriota, como lo llamó el Presidente de la República no es sino por lo que representa, esto es no alguien que compartió “el ideal de una Patria nueva, el ideal de un México distinto y mejor, el ideal de un México donde brillara la justicia, la democracia, la libertad”, sino todo lo contrario. Estoy cansado, o lo diré con palabras más claras y expresivas: estoy hasta la madre de oír que presidentes van y presidentes vienen y todos hablan de un México moderno, un México mejor, y ese México no termina de llegar, y seguramente no llegará nunca, porque en realidad les importa un carajo México y lo único que les importa son sus negocios y los de sus allegados.
Mi padre terminó odiando México y todo lo que representara al país: su bandera, el himno nacional, las películas de Pedro Infante —mis hermanos y yo debemos ser de los poquísimos mexicanos que prácticamente jamás hemos visto una película de Pedro Infante ni lo adoramos ni lo veneramos, y más bien nos vale madre—, los políticos, los presidentes y toda la ralea de lamehuevos que siempre los han acompañado. A mi padre le tocó, a diferencia mía, un México próspero, un México que de verdad parecía iba a despegar y a ofrecer un bienestar a todos los mexicanos. Un México que era el granero de América y la envidia de todo el continente. Un México ordenado y limpio. Pero ese México se vino abajo y se derrumbó en el más estrepitoso fracaso que se haya visto. Y ese fracaso no fue fruto de la casualidad ni de fenómenos climáticos incontrolables, sino que fue el fruto del saqueo brutal y soez que todos los presidentes de la República, desde Manuel Ávila Camacho hasta la fecha, han hecho de las arcas del país en beneficio propio y de sus múltiples beneficiarios locales, regionales y gubernamentales. Y ese saqueo no ha terminado. Mi padre solía comentarnos que en su infancia sus maestros le decían en la escuela que la silueta de México era la de una cornucopia, es decir, para esos pinche asnos que no saben ni madres, un cuerno de la abundancia; cuando creció y vio el saqueo y la corrupción imperantes en todas las esferas del gobierno, nos decía con un humor verdaderamente trágico que la abundancia se la habían robado y nos habían dejado sólo un cuerno. Además de la corrupción y el saqueo desproporcionado, después llegaron las crisis económicas, fruto igual de la desmesura, la corrupción, el saqueo, la ineptitud y los negocios chuecos, una tras otra desde 1976.
Para esa época mi padre odiaba todo lo que representara México, y es comprensible. El sueño “de un México distinto y mejor, el ideal de un México donde brillara la justicia, la democracia, la libertad”, como dijo el Presidente de su secretario de Gobernación, se desvaneció en el aire y sólo quedó un caos espantoso, y lo que es más grave: millones de pobres que cada sexenio se multiplicaban y se siguen multiplicando de manera incontrolable.
Pero mi padre, a diferencia mía, pudo ver y vivir una época en que México no sólo fue la región más trasparente, sino un país ordenado, limpio, con un futuro promisorio, y donde la pobreza no era un látigo acuciante, una carga desmedida que ahogara a sus pobladores. Después a él le tocó ver la masacre del 68, que yo no pude vivir ni ver porque tenía tres años y medio de edad, y desde entonces la ruta del país fue sólo una: en picada.
A mí, por el contrario, esas épocas felices que vivió mi padre me parecen un anhelo imposible, algo como de otro mundo. A mí sólo me ha tocado vivir crisis tras crisis, ver cómo los pobres se multiplican y los ricos se vuelven insultantemente más ricos,
mientras los presidentes y sus gabinetes, gobernadores y demás, hacen de la suyas. Recuerdo un cartón de Magú en Proceso, allá por 1976, en uno de los primeros números de la revista, en que aparecía Luis Echeverría junto a un montón de hierros retorcidos, con un listón que decía “México” y un moño, mientras miraba su reloj, y exclamaba: “¡En la torre! Ya sólo me da tiempo de envolverlo para regalo” o algo muy parecido. Desde entonces, no he visto un solo Presidente que no entregue las riendas del país a su sucesor más o menos en las mismas circunstancias, de un modo u otro. Y desde entonces, cuando tocaba el turno de que por fin se largase de la Presidencia, uno no podía menos que agradecer que por fin se fuera el hijo de puta de allí. Lo malo es que el que venía en su lugar terminaba por dejar la misma sensación. Y no sólo por la corrupción rampante, por los negocios chuecos, por las riquezas mal habidas al amparo del poder, por el despilfarro infinito en las múltiples giras presidenciales que son siempre iguales y sirven para lo mismo: for absolutely nothing! y a las cuales acuden los acríticos periodistas y lamehuevos de siempre para narrar con puntualidad de todas las palabras y actos del Presidente en turno, para contarnos de las mandas, de los bailes en un pueblo perdido de la sierra, de las limpias que le hacen al candidato o al Presidente, de la inauguración de tal o cual obra, del discurso dado en sepa la madre en qué pinche pueblo o municipio hiperjodido —como sacado de África— en donde se les promete a los pobres habitantes macilentos de ese sitio que ora sí las cosas van a cambiar, y en el fondo no cambian.
Desde que tengo memoria he visto eso una y otra vez y sigo viéndolo. Las mismas promesas. Los mismos pueblos jodidos. La misma gente con sus rostros tristérrimos y sus animales a medio morir. Los mismos niños sucios, desharrapados, muertos de hambre, como zombis.
Y los mismos periodistas lamehuevos que no se cansan de reportar las mismas palabras, los mismos discursos, las mismas promesas, las mismas ceremonias mamertas de inauguración. Y la pobreza, lejos de irse, se multiplica.
Cuando era niño recuerdo que las imágenes de gente comiendo o buscando comida en botes de basura, pidiendo limosna, vestida en ropas sucias y gastadas, con meses o años de no bañarse, era algo que sólo se llegaba a ver en películas gringas. La imagen de la llamada Corte de los milagros era algo que uno sabía por los libros de Víctor Hugo. Hasta que hace como quince años atrás comencé a ver a esa gente vagando por las calles y durmiendo en parques, escarbando entre la basura por un pedazo de lo que sea comestible, pidiendo limosna y viviendo como animalitos de la calle. Y esa imagen se ha ido multiplicando cada vez más, y hoy forma parte del paisaje urbano de la ciudad de México y del país entero. Y esos miles, millones de jodidos, de hombres y mujeres sin esperanza de mejoría, son el fruto de todas esas palabras huecas pronunciadas por los Presidentes de la República, y repetidas hasta la saciedad por periodistas lamehuevos de toda ralea que no hacen sino festejarlas y regodearse en ellas.
De veras que estoy hasta la madre de ver que cada Presidente de la República prometa el oro y el moro, y al final no hay forma de que cumpla una sola de sus palabras. Al concluir su mandato, no hay Presidente que no termine odiado, que no deje tras de sí una cauda millonaria de pobres y jodidos que no saldrá de esa situación ni en un millón de años. Claro, siempre nos repiten que el país es más grande que sus problemas, y ante cada vaga amenaza de no sabemos nunca qué peligros, nunca falta el llamado a la unidad. Y también de eso estoy hasta la madre. Todos los presidentes hablan y nos alertan una y otra vez de los enemigos de México, como si estuviéramos en guerra con un fantasma, porque nunca son capaces de identificar o, de perdida, de nombrar a esos enemigos. Y no hay año o circunstancia en que ningún Presidente haya hecho un llamado a la unidad de los mexicanos, como si cada 25 de agosto (digo esta fecha como podría decir cualquiera) Yucatán amenazara con separarse del territorio nacional, o surgiera la posibilidad de que ora sí va a existir el principado de Champotón.
Hoy, en medio del enésimo llamado a la unidad por parte del espurio enano de la Presidencia, me pregunto en qué se diferencian sus balidos en torno a la unidad de los mexicanos y en torno a que debemos seguir trabajando por yada-yada-yada, de los mismos llamados y balidos de los anteriores presidentes. Todos hacen lo mismo, todos prometen, todos salen de gira, todos rebuznan una y otra vez y no por eso pierden la lengua. No se cansan de repetir los mismos discursos rancios, de cantar, como Ulises, la dicha de que esta vez no caímos ante las sirenas, aunque el navío está a punto de zozobrar. Si es de día, nos dicen que es de noche, y los lamehuevos, que se multiplican como plaga, celebran y aplauden cualquier idiotez que salga de sus bocazas.
Juro que por un instante he pensado que lo que vivimos es la confirmación de la teoría del eterno retorno nietzscheano, y que nunca vamos a salir de esta pesadilla. Ese debería ser el lema nacional, tomado directamente de la Commedia de Dante: “Perded toda esperanza si osáis entrar aquí”.
Y aquí es donde justifico mi rencor, mi odio a toda la runfla de truhanes que mal gobiernan este país. Si desde hace casi 40 años sólo escuchamos las mismas promesas, vemos los mismos actos presidenciales, las mismas consagraciones sexenales, y en lugar de verlas cumplidas, sólo vemos multiplicarse no los panes sino los pobres, ¿hay alguien que me pueda decir que genuinamente debemos, o debo yo, respetar a nuestros gobernantes? ¿Es posible seguir echándole la culpa a quienes no gobiernan (AMLO) de la falta de progreso y estabilidad del país? ¿De veras creen que los datos económicos que indican lo bien que va el país son reales? Para que despierten de su sueño, la situación del país puede ser descrita de la siguiente terrible y angustiosa manera: de cada once mexicanos, hay seis que viven por debajo del límite de pobreza extrema (o sea, semi biafranos o haitianos, sub-humanos), dos y medio o tres que viven en pobreza grave, menos de uno o uno y medio que pertenecen a la clase media, menos de medio que viven en la opulencia, y el minúsculo porcentaje que queda son los ricos y potentados del país. Esos que quedan, esa minoría absoluta que no se alcanza a ver,
es la que gobierna y hace negocios al amparo del poder. ¿Alguien puede decirme que esa runfla de gangsterópodos merece respeto y admiración? ¿Debo sentir pena porque uno de esos hijos de puta murió en un accidente aéreo? Más bien me he estado cagando de la risa cada vez que escucho a alguien hablar del accidente.
Recuerdo que durante el sexenio de Carlos Salinas de Gortari muchos se creyeron sus optimistas palabras de que ahora sí el país iba a dar el gran paso y se integraría al primer mundo, antes de que la dura realidad lo bajara de su centauro y viera que ese sueño era imposible. En aquellos días el director del suplemento El Sol de México en la Cultura, donde yo colaboraba, que se decía de izquierda y nos presumía su foto con Fidel Castro en La Habana, aplaudía, como muchísimos, el proyecto de nación del pelón ojete aquel. Había un coro impresionante de periodistas lamehuevos cegados por el poder, babeando sin vasos para la baba, que celebraban y festejaban cada ocurrencia del ojete aquel. Y recuerdo que le dije un día al director del suplemento, que me reprochaba el hecho de no unirme al coro de concelebrantes y lamahuevos, que me uniría a ese coro gustosamente el día que viera que el Presidente hiciera algo que denotara un verdadero sacrificio, que sus actos demostraran que en verdad estaba haciendo algo por el país, por esos millones de pobres que van quedando a la zaga y de los cuales todos quisieran no hablar y que no se les recordara su existencia. Pero jamás he visto un Presidente que haga eso. Por el contrario, siempre veo lamehuevos de rodillas y con los ojos en blanco, como si se tratara de un pastor protestante, festejando todas las pendejadas que se le ocurren al Presidente en turno, y señalando con flamígero dedo a quienes osen opinar en sentido opuesto. En los 70s se nos llamaba comunistas, hoy en día simplemente nos ven como negativos y poco propositivos, como rijosos que sólo buscamos camorra. Pero la pobreza está ahí, por doquiera, ligeramente oculta, pero no mucho. De modo que, hoy igiual que desde hace 40 años, no veo que un solo funcionario de gobierno haga esfuerzos denodados por sacar a esos millones de mexicanos del rezago. Por el contrario, veo que siempre hay negocios al amparo del poder. Serra Puche, el artífice del TLC, hoy es y desde hace casi 18 años asesor internacional de empresas extranjeras que busvca introducir sus productos al país. Y bastaría con remitirnos al Porfiriato para ver cómo incontables funcionarios menores, y otros no tan menores, del gobierno porfirista, eran accionistas, asesores y representantes de empersas petroleras extranjeras. Eso no cambió un ápice con la llegada de la Revolución. Funcionarios que se enriquecen haciendo negocios al amparo del poder, beneficiando a sus amigos y familiares. Carlos Hank González, cuando mandó hacer los ejes viales decidió que
la empresa beneficiada para hacer tal magna obra que cambió la faz de la ciudad capital para siempre, fuese una de su propiedad. Como su caso, hay cientos, miles de ejemplos de funcionarios que sólo llegan al poder para servirse con la cuchara grande. El caso más reciente, por supuesto, es el de el secretario de Gobernación, y los tratos de negocios con Pemex con empresas de su familia. Su cinismo fue tal, que dijo que no había hecho nada malo. Más bien, lo que quiso decir es que hizo lo mismo que hacen todos los demás, y si todos lo hacen, si todos se enriquecen en su turno al bat, por qué él no iba a hacerlo. Así pues, no vimos un comportamiento en absoluto distinto al que hemos visto en otros funcionarios previos. ¿Por qué habría de respetarlo si no he sentido respeto por ningún hijo de puta anterior que ha hecho lo mismo que este hijo de puta, si no he visto que se sacrifiquen por el resto de los mexicanos?
Me asiste, nos asiste, todo el derecho del mundo de arrojar vómito y odio contra esos pocos que han empobrecido el país, que han llevado a millones de mexicanos a la miseria y el abandono más absoluto y sin embargo todo el tiempo se llenan el hocico de decir que trabajan por un México distinto y mejor, que la democracia crece y demás sandeces. Tengo todo el derecho a escupir bilis y arrojar vómito hirviente en sus rostros y tumbas cuando mueren porque esos hijos de puta no han hecho nada que demuestre amor hacia México, patriotismo ni nada parecido. Todos son traidores de oficio, de acto y omisión y el país y su gente les importa un bledo.
No porque a algunos pocos les vaya bien, tengan sus negocios y los mantengan con un esfuerzo que en ocasiones merece reconocimiento, voy a otorgarle mi aprobación a esa pandilla de ratas de dos patas que sólo hacen trácalas al amparo del poder. No. Ellos son los culpables de tanto pobre y miserable que deambula y vive como alma en pena y que viven como si un ogro furioso los persiguiera, implacable. No lo olvidemos, por favor.
Así, pues, qué bueno que se murió ese imberbe corrupto secretario de Gobernación. Ya no veremos jamás su hipócrita sonrisita de perdonavidas en televisión. Como dije, qué bueno que se murió: uno menos, y contando.

1 comentario:

Misael Torres Chiwo dijo...

SABE CUÁLES SON LOS REQUISITOS O ALGO ASÍ EN MÉXICO PARA QUE ALGUIEN RECIBA FUNERALES DE ESTADO?