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viernes, octubre 17, 2008

Lamehuevos

Mis estimados cero-lectores. Ya que les dejé un poema satírico sobre los momentos históricos que vivimos, ahora les dejo un poema-crónica que tiene como tema a un personaje menospreciado de nuestra historia pero cuya relevancia histórico-política está aún por revelarse. Señoras y señores: con ustedes ¡El lamehuevos!
El derecho a lamer huevos debe ser elevado a rango constitucional.
¡Tú tienes derecho a lamer huevos y no ser discriminado por ello!
Lamehuevos

Uno se pregunta, al revisar la historia,
qué pasó con los lamehuevos en el México del siglo XIX.
En los libros de historia de México
nos recuerdan la pobreza en el México porfirista;
por ejemplo: “a finales del Porfiriato,
según el censo oficial [de aquellos años],
de 15 millones de habitantes que tenía México,
9 millones 591 mil 752 vivían bajo la servidumbre
y la esclavitud en más de diez mil haciendas”
.
En aquellos tiempos sólo había pobres.
Pero los pobres pueden ser redimidos.
Así lo entendió ese prócer de la Patria,
que humildemente se autodenominó “soldado del sistema”,
Emilio Azcárraga Milmo, cuando dijo
que “México es un país de clase modesta, muy jodida…
que no va a salir de jodida”
.

Hoy sabemos que hay menos pobres que en el Porfiriato.
Un siglo después, al menos porcentualmente,
hay menos pobres por los cuáles preocuparse
porque “prácticamente 19 millones de mexicanos
aún carecen de ingresos suficientes
para adquirir la canasta básica de alimentos,
y 25.7 millones no pueden acceder
a los mínimos requerimientos de alimentación,
salud y educación, aun si utilizaran todos sus ingresos para ello”.

Sabemos que “de 1992 a 2005
hubo una reducción en los índices prevalecientes de pobreza”,
y que en específico en el sexenio del presidente Fox
este comportamiento se mantuvo en los primeros años, pero entre 2004 y 2005 se revirtió. [Y que] el actual gobierno [del empleo]
recibió 53.6 millones de pobres.
[Lo que significa que] logró reducir la cifra hasta 47.2 millones,
pero en su penúltimo año de gestión
otra vez el número se elevó en 270 mil 491, en términos generales”
.

Que no te vean feo. Tú puedes lamer huevos como ellos, dos lamehuevos profesionales que lo hacen todos los lunes en la noche por TV Azteca

Sabemos que los lamehuevos son optimistas,
se crecen al castigo y defienden lo indefendible
casi de manera natural y en automático,
y por lo general están del lado del poder,
del dinero y los banqueros.

Pero en los libros de historia no se menciona a los lamehuevos
que en el siglo XIX seguramente halagaban el oído oficial
con frases y reflexiones dignas de un anuario.
¿Qué pasó con ellos? ¿Se extinguieron como dinosaurios
o son en realidad una invención del México revolucionario
y que ahora se multiplican como peste?
¿Dónde están los Carlos Marín,
los Ricardo Raphael, los David Páramo,
los Jaime Sánchez Susarrey, los Leo Zuckermann,
los Nino Canún, los Pablo Hiriart del siglo XIX?
Increíblemente, no sabemos qué pasó
con esos lamehuevos.

No hay forma de saber si estos nuevos lamehuevos
están perpetuando una nueva forma de genuflexión
o si su creatividad les permite nuevas posiciones
y nuevos niveles de abyección.


Si ellos no se cansan de lamer huevos, ¿por qué no lo haces tú también?


Hay muchas cosas que desconocemos
de los lamehuevos. Todos creen saber mucho
o algo al respecto, pero no es así:
¿Cuánta saliva produce un lamehuevos?
¿Cuál es la resistencia de sus rodillas?
¿Cuál es el máximo tiempo de lamehuevonería?
¿No ha muerto un lamehuevos de hambre?
En los medios electrónicos, de tanto salivar,
¿cuáles son las posibilidades de morir electrocutado
entre tanto cable y conectores?

Merced a los avances de la ciencia
tal vez algo de esto podamos saber algún día.
Mientras ese día llega,
podemos alzar la voz para que estos nuevos lamehuevos
no desaparezcan en el olvido y la ignominia
como sus predecesores,
de quienes nada, lamentablemente, sabemos.
Y podemos inclusive pensar en un lema
que orgullosos puedan usar al firmar un documento
o al terminar una brillante arenga.
Se puede proponer, por ejemplo, que concluyan diciendo
“lo que bien se aprende,
así sea arrodillado, no se olvida jamás”.

Es por eso que es imposible no pensar
¿qué hubiera sido del Porfiriato su hubiera
contado con lamehuevos organizados,
profesionales de la salivación,
que hicieran perfectas tablas genufléxicas
como los que hoy vemos en los medios de comunicación?


David Páramo, a punto de lamer los huevos dorados de su jefe




Tal vez no sea mala idea recuperar las doctas palabras
que los muestran de cuerpo entero,
y que los estudiantes se aprendan de memoria
estas ejemplares filípicas.
¿Se imagina el orgullo de una madre
al oír decir a su hijo en voz alta
ante un auditorio lleno,
que “el Estado mexicano no tiene la capacidad
para detectar y enfrentar a los grupos
subversivos que operan en territorio nacional.
De esto nos venimos a enterar
gracias a la declaración que hiciera
el [ex]secretario de Gobernación,
Francisco Ramírez Acuña
[…]
mientras la comunidad internacional
decidió hacer de los servicios de inteligencia
su arma más poderosa para enfrentar al terrorismo,
en México actuamos exactamente al revés.
Según Ramírez Acuña, el Estado mexicano
disminuyó en una tercera parte el personal del Cisen
y dejó de invertir en tecnología de punta.
[…]
los irresponsables que tomaron esas decisiones
merecen someterse a juicio político
por alta traición a la patria.
No es una exageración:
han gobernado durante tiempos de guerra
sin proteger a su población,
y también han engañado a los socios extranjeros
que vinieron a pedirnos ayuda
para crear una asociación eficaz contra
la inseguridad que representaban los terroristas.
[…]
lo único que nos queda decir al resto de los mexicanos
es que, en efecto, nuestro gobierno nos deshonra.
Los servicios de inteligencia en una democracia
no deberían vincularse con las cuestiones electorales.
Tampoco habrían de estar encargados
de sondear la popularidad del Presidente.
Mucho menos habrían de servir
para espiar a los políticos, los líderes sindicales,
los empresarios o a los periodistas,
cuando esta actividad no esté relacionada
con la seguridad nacional.
Urge un aparato de inteligencia al servicio de la democracia y nada más.”


Por supuesto, ante el asunto de los lamehuevos
nos enfrentamos ante un problema gramatical,
que es el de la definición,
porque sin un concepto absolutamente claro
no habría forma de saber quién es y quién no es
un orgulloso lamehuevos.
Por eso, ¿cómo definir a un lamehuevos?
Uno puede buscar y buscar
y no encontrará una definición.
No al menos en español.

Es un buen plan sugerir que a partir de la única
definición de lamehuevos
podamos avanzar en ella,
y hallar su equivalente en español,
pues en inglés es: “Mexican slang for Ball Licker.
A disgusting kind of person,
mostly in politics and corporations,
who climbs in the organization
and gets managing positions
by kissing the ass of his/her boss
.”


Sin duda es una bonita definición,
pero falta información sobre sus genuflexiones,
la peculiaridad de sus glándulas salivales,
sus gestas heroicas ante las crisis,
su autonomía para adelantarse a los hechos
y llegar optimistas ante el desastre.


En los libros de historia de México
nos recuerdan la pobreza en el México porfirista,
del pasado de los pueblos originarios,
de la gesta revolucionaria,
de los héroes que nos dieron Patria,
pero nadie habla de los lamehuevos.




Notas al poema
Versos 5-9
: Datos de Frank Tannnbaum, Agrarismo mexicano y Reforma Agraria: exposición crítica, FCE, 1980, reproducido en A. M. López Obrador, La gran tentación. El petróleo de México. Grijalbo, 2008, p. 16.
Versos 15-16: Tomados de Carlos Monsiváis, Azcárraga Milmo y la “filosofía Televisa”, en http://www.arzp.com/monsivais/televisa.html, originalmente publicado en Proceso, 23/04/1997.
Versos 20-34: Tomados de Alma Muñoz, Cifras veladas por el gobierno reflejan el avance de la pobreza, en http://www.jornada.unam.mx/2006/10/02/046n1soc.php
Versos 92-127: Tomados de Ricardo Raphael, La traición de los servicios de inteligencia, publicado en La vanguardia, 1 de octubre de 2007, http://www.vanguardia.com.mx/diario/detalle/columna/49586
Versos 142-147: Tomados de Urbandictionary.com, http://www.urbandictionary.com/define.php?term=Lamehuevos
Por si a alguien le interesa, la entrada en Wikipedia de la palabra Lamehuevos, creada por un servidor:

jueves, octubre 16, 2008

DÉJÀ-VU

Mis estimados cero lectores. Ya se habrán percatado del optimismo desbordante de nuestros grandes líderes políticos. Para unirme a este contagioso espíritu de celebración, les ofrezco esta pequeña sátira, dedicada a tan egregios próceres.
"Toy pensando kiacer"
Déjà-vu
Eso sí es posible imaginarlo.
Algo así debe haber ocurrido con el Titanic.
Tal vez la euforia se apoderó de quienes nunca esperaron
que el insumergible navío se hundiera
en aquella helada noche de abril
y tal vez por eso para algunos ese fue el mes más cruel.
Cabe preguntarse por el optimismo
que probablemente anegó los más nobles corazones
de aquellos que tenían la responsabilidad
de hacer llegar a buen puerto aquel navío.

Posible es imaginarse el optimismo de Edward J. Smith
ante el viaje inaugural y decir, orgulloso:
“Para mí esto del escenario preocupante
realmente hasta me emociona un poquito
y me asegura que vamos a salir extraordinariamente bien”.

"¡A veces ya no sé ni lo ki digo!"


¡Qué días aquellos, señoras y señores!
¡Qué heroísmo corría desatado entre la sangre!
Y es posible imaginar aquella madrugada de abril,
la reacción del capitán Smith
al escuchar las palabras de Thomas Andrews
reportando que la gripe se había agravado
y que se hallaban “en un bache que tiene agua”.
Seguro de sí mismo, el capitán debe haber dicho,
o al menos pensado, algo como
“ante una tormenta, por fuerte que se avecine,
tenemos un navío de gran calado
que tiene una enorme estabilidad,
una balastra [sic] que es capaz de sostenerla y sostenerla
con rumbo ante cualquier circunstancia que enfrente”.




Tinaco modelo Carstens Carstens

Imposible saber
si alguien alguna lágrima derramó esa noche helada
pero es probable imaginar que se abrazaran
todos llenos de emoción
sabiendo que enfrentaban al destino mismo
con la frente en alto.


Ministro modelo Rotoplás

No hay crónica que retrate aquel sentimiento de hermandad
que pudo haber corrido por pasillos y cubiertas del insumergible,
pero es posible divisar un desbordante optimismo
en los músicos de la Wallace Hartley Band
cuando decidieron, en medio de aquel caos,
crecerse al castigo y gritar al unísono,
“tenemos más huevos que nunca”
y seguir tocando hasta el final imprevisible.

¡Qué días aquéllos, señores!
Irrepetibles son, sin duda.
¡Qué días aquellos, señores!


Y ahora... ¡quién podrá defendernos!

Notas al poema
Esta sátira está dedicada al capitán Felipe Calderón, conductor del insumergible navío Méxicotanic.
Verso 5: El Titanic se hundió en el Océano Atlántico en la madrugada del 15 de abril de 1912.
Verso 11: El capitán del Titanic fue Edward John Smith.
Versos 13-15: Palabras literales del Presidente del empleo pronunciadas ante empresarios españoles en enero de 2008. Tomadas de Proceso, 1661, 31 de agosto de 2008, p. 22.
Verso 20: Thomas Andrews fue el ingeniero que diseñó el Titanic, quien se embarcó en el viaje inaugural, y le informó al capitán que el hundimiento del navío insumergible era inminente.
Verso 22: Palabras del secretario de Hacienda Rotoplás Rotoplás ante el agravamiento de la crisis económica, luego que el peso se depreciara más del 40 % en un solo día. Tomadas de El Universal, 9 de octubre de 2008.
Versos 25-29: Palabras del espurio pronunciadas en la mencionada reunión con empresarios españoles. Tomadas de Proceso, 1661, 31 de agosto de 2008, p. 22.
Verso 39: La Wallace Hartley Band fue la pequeña orquesta que tocó hasta el final del hundimiento del Titanic, sin que ninguno de sus integrantes se salvase. Sólo se recuperó el cuerpo de Wallace Hartley y fue enterrado ante miles de asistentes a su funeral.
Verso 42: Palabras del egregio agricultor Alberto Cárdenas Jiménez, pronunciadas durante la conmemoración del Día Mundial de la Alimentación. Tomadas de El Mañana, 16 de octubre de 2008. Es comprensible, a la luz de tal expresión que haya tanto lamegüevos en los medios de comunicación. ¡Pues ahora que hay lodo, pueden atascarse a gusto!

martes, marzo 04, 2008

Contra Gombrowicz

Ah, mis cero lectores, cómo los he abandonado. Pero ustedes saben que ganarse el pan nuestro de cada día en esta mundo globalizado del capitalismo salvaje nos impone obligaciones y problemas que a veces nos distraen de lo que en verdad es importante. Por lo tanto, y habiéndome disculpado con ustedes por mi desidia, les dejo esta reflexión intempestiva, la llamaría Nietzsche, sobre un malhadado polaco llamado Witold Gombrowicz.
La aparición del ensayo Contra los poetas,1 de Witold Gombrowicz, casi medio siglo después de su publicación en polaco y francés, me deparó la emoción de hallar alguien que tal vez tenía algo importante que decir acerca del mal oficio que rodea al quehacer poético, particularmente entre nosotros. Pero una lectura detenida del mismo me provocó una terrible decepción. Gombrowicz no tiene nada inteligente que decir en contra de los poetas. Más aún, más que convertirse en defensor del hombre, como pretende, se transforma en un inquisidor, que con dedo flamígero acusa y condena, y sólo le falta tomar la leña, el hacha o la soga, para ser el verdugo también. Triste papel el de Gombrowicz en este ensayo.
Desde que Platón excluyó a los poetas de su república ideal, uno imaginaría que alguien después de él tendría algo más inteligente que decir al respecto, o al menos aportar pruebas concretas, tangibles, plausibles, para convencernos de sus argumentos. Pero no, Gombrowicz no ofrece una sola prueba, y como todo buen inquisidor, elabora un complicado edificio de acusaciones que, lamentablemente, están sustentadas en absolutamente nada que no sean malabares, prestidigitaciones intelectuales y en fuegos de artificios –así de fatuos y vanos me parecen sus argumentaciones. Veamos su caso, o más bien, para usar un término jurídico, su falta de caso.

El punto central de la acusación de Gombrowicz contra los poetas es más temerario que la de Platón, pues él simplemente afirma que “nadie (o casi nadie), en verdad, ama los versos y que el universo de la poesía en versos no es sino ficción y afectación” y que “las poesías no me producen ningún entusiasmo… es más, me aburren” (p. 25), y que en virtud de ello, “no soporto esa melopea, monótona y siempre sublime”. Para excusarse de cualquier reproche ante tal afirmación, y hay que decirlo, está en todo su derecho de decir que le aburre la poesía, Gombrowicz se parapeta en el argumento de que “ataco todas esas Formas que dejan de ser para el hombre un cómodo abrigo y se convierten en un rígido y pesado caparazón” (p. 63).


Obsérvese el atinado recurso del inquisidor: “Nadie (o casi nadie), en verdad, ama los versos”, un absoluto matizado, de forma que no haya manera de reprocharle casos específicos que aparentemente pudiesen refutar sus afirmaciones. Por eso el inquisidor se protege con ese “casi nadie”. Ah, qué recurso tan ramplón para una acusación tan seria. Y es que no tendría el mismo peso la acusación si sólo dijera que le aburren los versos, como de hecho lo dice. Y resulta curioso que después, en otro momento, Gombrowicz afirme “Me gusta la aritmética, me permite abordar no pocos problemas” (p. 76). Lo curioso es que esto lo dice casi quince años después para otro entramado teórico sustentado en malabarismos similares. En el caso de su diatriba contra los poetas, y a pesar de ese gusto por la aritmética, que seguramente le entretiene más que la poesía, no hay un solo ejemplo aritmético, un solo cálculo que apoye sus argumentaciones. Sólo ese absolutismo de que “nadie, en verdad, ama los versos”.

En una respuesta posterior Gombrowicz señala que sus detractores “deberían haber evaluado, ante todo, objetiva y positivamente, en qué medida mi afirmación de que ‘nadie, o casi nadie’ ama los poemas’ es cierta” (p. 63). Dado que parece que nadie lo ha hecho, ni siquiera el propio Gombrowicz, hagámoslo nosotros. Sólo como medida de contraste y de control, vayamos al summum, es decir, al libro más vendido –en este caso, a la saga de libros más vendidos. Me refiero, naturalmente, a la saga de Harry Potter.

Según algunos, hasta 2007 había vendido la nada despreciable cantidad de 400 millones de copias.2 That’s a lot! Comparemos esta asombrosa cantidad, con la población mundial, que en 2005 era de 6 mil 453 millones 628 mil.3 Esto significa que este libro, bueno… esta saga de libros, la más vendida de la historia, sólo interesó a algo así como a un poco más del 16 por ciento de la población mundial. De modo que estamos comprobando, empírica, objetiva y positivamente que la realidad le da la razón a Gombrowicz. Casi nadie gusta de la poesía. Basta ver los tirajes de libros del género en México (no más de mil por título) para sentir ese aire gélido como de muerte que debería colarse hasta por debajo de las ventanas para aquellos que escribimos poesía. Y no veo cómo un libro de poesía en ningún lugar del mundo pudiese darle un aire de respiro a su autor.


Lo que sorprende, entonces, es el simplismo de la argumentación de Gombrowicz. ¿Tenía que escribir un pequeño ensayo para decir solamente esto? ¡Qué triste papel el de este intelectual, quemando en infiernitos su pólvora! Pero bueno, no nos desviemos del asunto y revisemos sus argumentaciones, que no se detienen en una simple cuestión aritmética –la cual, matemáticamente, le da la razón. Dice Gombrowicz que no “carezco de sensibilidad poética, ya que ésta no me falta, hasta puedo decir que me sobra” (p. 25), y en apoyo de su dicho, afirma que “como cualquier mortal me conmuevo cuando la Poesía aparece no como verso sino mezclada con otros elementos más prosaicos –por ejemplo, en los dramas de Shakespeare, en la prosa de Dostoievski o Pascal, o simplemente al contemplar una puesta de sol” (p. 25).


Analicemos por un instante esta poesía mezclada que le agrada. Lo primero que podríamos pensar es que mencionar a Dostoievski o a Shakespeare es, por sí mismo, un lugar común. ¿Dónde está esa poesía con elementos prosaicos que tanto deleita a Gombrowicz en estos autores? No lo sabemos, pues no se molesta en dar siquiera un ejemplo. Pero podemos afirmar que esa supuesta poesía seguramente le llegó a Gombrowicz por medio de traducciones. ¿Alguien que no haya estudiado Letras inglesas ha tratado de leer a Shakespeare en inglés? … Lo mismo pienso yo. ¿Dostoievski? Es más probable que por cierta cercanía lingüística Gombrowicz lo hubiese leído. ¿Y Pascal? Seguramente sí. Y sin embargo, inmediatamente después compara esa poesía con elementos prosaicos con “una puesta de sol”. ¿Es posible hallar una escena más estereotipada, más cliché (es decir, una imagen fija, codificada, fácilmente repetible) que ésta? No creo. Es, de hecho, una imagen que la burguesía prodiga y consume con indiferente alegría. Y ese es el ejemplo de poesía prosaica que Gombrowicz quiere recetarnos. Una imagen, además, que no es, ni con mucho, poesía por sí misma si no es a través de constructos sociales, contra los cuales se supone Gombrowicz se opone. De modo que lo que a Gombrowicz le atrae es esta suerte de destilado aguado que, en definitiva, no es poesía.


Y vean la trampa que nuevamente pone el inquisidor. Estamos hablando de poesía, de versos, y de repente, Gombrowicz, como émulo de algún protestante citando la Biblia fuera de contexto, nos pregunta “¿Por qué me aburre tanto esa receta farmacéutica llamada ‘poesía pura’?” Ah, ¿entonces no es toda la poesía, sino la poesía pura, lo que le molesta a Gombrowicz? Ya cambió de tema. Si viviera hoy en día, diría que sólo está enmarcando la discusión, y que se mantiene firme en su rechazo. Pero véase la confusión que el autor ha generado ya en tan pequeño espacio. Para sustentar su dicho de que los poemas le aburren al cansancio, sin presentar pruebas, ahora señala al culpable: la poesía pura. Y de allí concluye que si a él le aburren esos versos, “esa melopea monótona”, entonces a nadie le interesa la poesía. Y usa una fraseología muy particular: “nadie ama los versos”. Y tiene razón. No sé de nadie que ame los versos –los enamorados los usan, pero no creo que ninguno los ame realmente. Pero allí está una de las primeras trampas lingüísticas del inquisidor, algo muy típico de ellos.


Y de repente, otra vuelta de tuerca, para ir acosando al culpable, a fin de hacer imposible cualquier respuesta. Dice inmediatamente después, “¡Cuántas cosas descubriríamos si intentáramos saber en qué medida las persona que se postra ante Bach es en verdad capaz de sentir la música en general y la de Bach en particular!” (p. 27), y nos remilga un ejemplo bastante barato, típico del inquisidor, en donde sólo faltan el gallo negro y el cuenco con sangre derramada. Y lo confieso, a mí me gusta Bach, pero no me postraría, ni me he postrado ante él, o si obra.


Pero si vamos leyendo con cuidado, y deshojando la margarita, veremos que ya podemos detectar el método gombrowicziano para ensartar sus perlas: exageración tras exageración rodeando sus absolutos mientras su malabares distraen para que no veamos de dónde saca realmente el conejo. Veamos esta otra perla, antes de seguir. En su respuesta a la carta de Milosz, como buen inquisidor, muestra ya sus garras y amenaza: “Por primera vez en mi vida he descubierto el placer del escritor, que rebelándose contra la tiranía, se convierte en portavoz del pueblo… ¡Temblad, poetas, temblad! […] vuestro poder está llegando a su fin” (p. 52).


No sé por qué, pero este improperio del polaco contra los poetas me recuerda a los inquisidores. Y no hablo, como él, de abstracciones, sino de casos concretos. “El juez actúa con absoluta seguridad; aquel que tiene delante es culpable, y si se defiende, todavía peor”. No, no lo dijo ningún poeta; lo dijo Jules Michelet en su opus magnum,4 al referirse a la forma en que los inquisidores persiguieron a las llamadas brujas y brujos durante toda la Edad Media. Y de hecho, nos pone un ejemplo de esta justicia divina que en nombre de un absoluto persiguió inclementemente a miles de hombres, mujeres y niños en toda Europa:



Remy, el excelente juez de Lorena, que llegó a quemar ochocientas brujas, explica triunfalmente el terror desencadenado: “Mi justicia es tan buena, que dieciséis, que fueron detenidas el otro día, no esperaron el juicio y se colgaron antes.5



¿Exagero? Veamos lo que le merece la respuesta de Milosz a Gombrowicz: “Con estupor leí la confesión del poeta que, con serenidad y extraña libertad, acepta el cuchillo que apunta en su pecho, apoya aquello que lo mata” (p. 53). ¿Puede alguien en verdad pretender apoyar las opiniones de Gombrowicz el inquisidor sin sentirse él mismo asqueado? Me gustaría verlo.


Y sólo para demostrar que los veros pueden gustarle incluso a los legos en la materia, referiré una anécdota que un amigo alguna vez nos refirió a varios. Según él, en su contestadora automática dejó un buen día un fragmento de un poema de un amigo poeta. Y si alguien llamaba, lo que escuchaba era ese pasaje que él había seleccionado, leído y grabado. Un buen día, llegó a la casa, el teléfono sonó, y él contestó. Del otro lado, una señora, desconcertada, le pidió que colgara, que no había marcado el teléfono para hablar con él, sino que quería escuchar el poema. Este amigo, entre divertido y sorprendido, colgó, y dejó que la buena señora escuchara el poema. Ella no sabía del prestigio del autor, ni quién era ni nada de lo que a los lectores, escasísimos, de poesía les importa. Cómo haya dado con el teléfono de este amigo es irrelevante, lo que sí lo es, es el hecho de que alguien ajeno al mundillo de la poesía, de los prestigios, reales o ficticios, de los premios y las becas, descubrió un poema que podía oír cada vez que deseara, con sólo marcar a ese número de teléfono. ¿Cuánta gente habrá hablado para escuchar ese poema? No importa cuánta, esa sola señora destruye la argumentación de Gombrowicz. ¿Entendería esa señora el fragmento de ese poema, alejado de su contexto? No importa la respuesta. Le agradó lo que escuchó, y marcaba sólo para volverlo a escuchar.


¡Oh, Gombrowicz, pobre Gombrowicz! ¡Con qué facilidad se destruye tu artificio absolutista! Todo su ejemplo de la fragmentación de textos para engañar a conocedores resulta absolutamente irrelevante, porque no demuestra nada. ¡Oh, Gombrowicz, con qué facilidad te engañaste! ¿Dónde están esos millares de los que habla Gombrowicz que admiran a los versificadores? En una simple y anónima señora, o en varias, no lo sabremos nunca, que marcaba un teléfono para escuchar un poema de un autor del que nada sabía. Y no dudo que en este mismo instante, alguien, al leer esto, decida, él también, de manera anónima, buscar un poema moderno que le agrade, elegir un fragmento, una cuarteta, y cambiar el mensaje de su contestadora por un poema por el simple regocijo de hacerlo, no para probar absolutamente nada, sino para compartirlo con otros, anónimos, que tal vez por equivocación hablen a su número, y descubran ese poema. Así ocurren los milagros y se derriban los absolutos intelectuales. ¡El rey va desnudo!


Y, bueno, luego Gombrowicz, desarrolla una retahíla de comparaciones históricas y literarias, sin dar un solo ejemplo: que si la poesía pura es como el azúcar pura, que si los poetas se multiplicaron a lo largo de los siglos (p. 28), para señalar más adelante, ya sin ocultar lo que en realidad él es, o fue: “De ahí que no debiéramos aceptar actitudes (sean las que fueren) que reducen nuestras posibilidades casi a la nada tapando nuestras bocas con mordazas –y ante actitud tan artificial, y tan pretenciosa, como la del ‘cantor’, deberíamos redoblar nuestra intolerancia” (p. 29). Por fin un ápice de honestidad, una confesión por parte del inquisidor, el rasgo que mejor caracteriza a éstos: la intolerancia.


Después vienen una serie de argumentaciones con las que no puedo menos que estar de acuerdo (pp. 29-33). ¿La razón? En todo este pasaje Gombrowicz se aleja de su tono inquisitivo, y aterriza sus ideas en asuntos concretos: la relación del artista con el mundo de los hombres. Pero inmediatamente después, vuelven las generalizaciones. De nuevo situaciones ridículas, más que hipotéticas, “imaginemos la siguiente escena…” (p. 33) ¡Pero qué estulticia! Podemos imaginar lo que se nos dé la gana para apuntalar la idiotez que nos venga en gana. ¿Por qué no pone un ejemplo concreto, histórica y metodológicamente comprobable? Porque es más fácil construir un edificio de ficción, sin relación con la realidad, que dar ejemplos concretos, que por lo demás nunca faltan.6 Porque en el fondo la sola propuesta del autor es una absoluta estulticia de principio a fin.


Y las perlas siguen unas tras otra, pero el colmo de la estulticia llega cuando señala Gombrowicz la siguiente perla (me ahorro la pena de citar otros ejemplos y disertaciones previas): “¿Acaso creen que si no fuera porque en el colegio nos obligaron a entusiasmarnos por el Arte, de mayores se entusiasmarían espontáneamente? ¿Qué si la organización cultural no nos impusiera el arte, nos someteríamos voluntariamente a él?” (p. 40) Cualquier fiscal o abogado defensor en cualquier juzgado del mundo diría que la pregunta lleva su propia respuesta. ¿Cómo pregunta Gombrowicz una estupidez de este tamaño? Me da más vergüenza a mí citarla que la que le debería haber dado a él en su momento. Todo lo que rodea al hombre, incluyendo el arte, es un constructo social. Todo lo que nos parece natural, espontáneo, es el fruto de esas elaboraciones culturales y sociales que determinan todo lo que somos y lo que no somos. Comer y beber, algo tan natural. Todos bebemos algo durante la comida. Y usamos cubiertos, y una serie de adminículos: platos, vasos, copas, servilletas, manteles. Incluso, el hecho de acompañar la comida de bebidas, todo es un constructo social. Los leones y demás animales, comen primero, y sólo beben después, si tienen sed. El hombre, al menos el hombre occidental, bebe mientras come, acompaña sus alimentos de bebidas, que, strictu sensu, no son necesarias. Todo, absolutamente todo lo que nos rodea y nos hace hombres, seres humanos, es el fruto de diversos constructos sociales, que de tan consuetudinarios, nos parecen naturales.7 Y todos esos constructos, por laxos o naturales que nos parezcan, nos son y nos han sido impuestos. La ropa, el calzado, los horarios, incluso el dormir de noche y trabajar de día. Todo es una larga imposición.


Y a la estupidez señalada, Gombrowicz agrega otra, de similar catadura: “Se trata, por tanto, de un error, o de una lamentable ingenuidad, pretender de la poesía, o de cualquier arte, que sea, tan sólo, un motivo de gozo para los seres humanos. Sólo así, pueden justificarse todo el ridículo y todo el absurdo que imperan en el mundito de los poetas: sí, les resulta normal que el arte (y la admiración que provoca) sea fruto del espíritu colectivo antes que de una espontánea reacción individual” (p. 41). Es increíble la soberbia de Gombrowicz. ¿Quién, que no sea él mismo en este panfleto, ha dicho semejante estupidez? Ni siquiera se molesta en inventar un nombre ficticio que pudiera darle cierta verosimilitud a sus barbaridades. Simplemente, de un plumazo, decide que todos los poetas piensan algo así. ¿Cuál es su fuente? ¿De dónde saca semejante idea? Imposible saberlo.


Toda la diatriba de Gombrowicz contras la poesía y los poetas se desgasta, como hemos visto, en afirmaciones gratuitas, en exageraciones, en absolutos que apoyan su aburrimiento universal, su extrema sensibilidad ante algo que no es poesía ni tiene nada que ver con ésta (una puesta de sol). Y lo más divertido es que en realidad no se trata de una diatriba sino, de hecho, de un mero berrinche. ¿Por qué Gombrowicz no usa la aritmética, que según él le ayuda a resolver muchos problemas, para sustentar su enojo frente a los poetas? Porque si lo hiciera no podría elaborar esta complicada coreografía de arbitrariedades y estupideces. Decir que a nadie le importa la poesía, basado sólo en datos estadísticos es algo que, como ya vimos, se demuestra en un santiamén. Justificar nuestra oposición hacia los poetas es otra cosa. Y eso, infortunadamente, no logra demostrarlo Gombrowicz –¡Cómo me hubiera gustado leer una argumentación inteligente y sustentada en vez de este triste espectáculo de soberbia e ignorancia!


Notas
1 Sequitur, Madrid, 2006. Todas las citas corresponden, por supuesto, a esta edición. Las cursivas, salvo indicación contraria, son siempre mías.
2 Jenny Booth y agencias [noticiosas]. “J. K. Rowling publishes Harry Potter spin-off”, en Times UK, noviembre 1, 2007, cfr. http://entertainment.timesonline.co.uk/tol/arts_and_entertainment/books/article2784397.ece
3 http://es.wikipedia.org/wiki/Poblaci%C3%B3n_humana
4 La bruja. Un estudio de las supersticiones en la Edad Media. Akal, Barcelona, 2004, p. 34.
5 Ibíd, p. 32.
6 Al lector interesado lo remito a http://jmrecillas.blogspot.com/2006/05/creacin-y-responsabilidad-primera.html#links y http://jmrecillas.blogspot.com/2006_02_01_archive.html donde encontrará una exposición más amplia y concreta sobre esta clase de asuntos.
7 Véase, Norbert Elias, La sociedad cortesana, FCE, México, 1996.

sábado, agosto 04, 2007

Pirítoo entre las sombras. Nuevo poema

Mis estimados cero lectores, ustedes recordarán que la primer entrada de este año en este blog fue un poema que escribí en noviembre del año pasado. Escribir poesía no es una labor que esté relacionada con la producción en masa, con las exigencias de eso que, por necesario, no deja de oponerse a los tiempos de la creación: la vida productiva. Pese a existir un sistema nacional de creadores, éste se halla más cercano a la producción en masa, a la vida productiva, que a la verdadera creación, no sujeta a tiempos ni horarios, pero sí a una enorme dedicación y entrega que poco tiene que ver con tiempos, con premios, con becas, con nombres, con figuras mediáticas, con prestigio, en fin: con la vida literaria, tal y como muchos la entienden. Un ejemplo de una actitud centrada en esta entrega y dedicación, y no lo menciono por falsa humildad sino porque se trata del ejemplo que más a la mano tengo y que mejor conozco, es la mía misma. Ustedes recordarán que aquel poema, Eurípides en su último día (http://jmrecillas.blogspot.com/2007_01_01_archive.html), estaba fechado en noviembre de 2006. Debo decir algo que, estoy seguro, muy pocos escritores (poetas o novelistas) podrían decir de su propio trabajo: estoy escribiendo justa y precisamente el tipo de poesía que deseo, no la que pueda. Ello ha significado, en este caso específico, largos y extenuantes procesos de elaboración. Es el caso del siguiente poema, el subsiguiente en tiempo, al mencionado de noviembre del año pasado, escrito el pasado 1 de agosto. Casi diez meses de diferencia entre uno y otro. A ustedes corresponde la lectura e interpretación del poema, cuestionarse qué están leyendo, cómo lo están leyendo, y si las preguntas que se hacen al respecto son pertinentes, si a través de ellas logran iluminar su propia lectura. Eso les dirá que lo han leído adecuadamente. No importa qué me haya movido a escribirlo, ni cuál haya sido mi intención (que la hubo, por supuesto, la cual me resulta muy clara), y por ende no importa lo que yo pueda decir al respecto. Buena lectura, mis queridos cero lectores.


Pirítoo entre las sombras

Estas sombras que ves no sombras son,

apenas un hundirse de hojas

en el húmedo telar de la noche;

un lento atardecer mejor sería entre las manos

o la cabeza reposar en sueños

y así mejor mirar lo que se va,

lo que de uno en otros queda…

olvido…

o fragmentos…

un desvanecimiento.

A ti que vi por última ocasión

dejar en el vacío mi extendida mano

a fin de remontar el horizonte

que sólo los Supremos cruzar pueden

recuerdo en esta noche desbordada

y apenas sé a quién recuerdo…

No el Hades que conoce quien historias lee me condena a cada instante

otro me rodea que ya antes aquí estaba.

Aquí Cerbero no hace falta ni óbolo que alguno ofrezca o traiga.

No será por Cronos que el pasado o lo vivido borrados queden

si todo es un desvanecerse en un vacío empíreo

que a veces entre comensales se comparte inesperadamente

y en intervalos las historias entremezcladas quedan.

Non, io non mi pento!

A ti te espero… hermano de destino.


martes, mayo 08, 2007

Habló el buey y dijo Mú. Un poema

Estimados cero lectores, la semana pasada el enano calvo que está al frente del Poder Ejecutivo de la Nación demostró lo que en privado he dicho a amigos y familiares: que es más peligroso un pendejo que no lo parece (él), que uno que se ostenta abiertamente como tal (Fox). En realidad el asunto de los soldados declarados héroes por el pitufo mayor constituye, en los hechos, una devaluación del heroísmo, si aceptamos sus rebuznos como un oráculo. El asunto es que de su repungante hocico salió una de esas perlas que el anterior titular de ese mismo cargo tardó más de año y medio en obsequiarnos. Con motivo de tan egregias palabras, y contrario a mis hábitos lírico-literarios, escribí el siguiente poema, para inmortalizar tan sabias palabras. He pensado que el único epígrafe que refleja cabalmente la sabiduría presidencial es aquel célebre apotegma que dice, simple y llanamente, “Habló el buey, y dijo Mú”. Quienes ya conocen mi poesía, no les sorprenderá descubrir que se trata de un poema totalmente anticlimático.

Murieron como héroes

No hubo honor ni defensa de la Patria,
no pertrechos ni gloria ni estrategia.
No había preparada guerra alguna.

Sobre senderos de muerte y olvido
la Historia se construye
y su huella dejando va.

Sobre muerte y olvido y sangre y lodo
y desmembrados cuerpos
alegremente la guerra campea.

Ante el Hades o la traición se cena,
sabiendo la amargura, de antemano,
que el bocado consigo trae.

Ve las ciudades envueltas en ruinas,
muros que atardeceres ya no ven
– la honra de los dioses yace oculta

Aquí y allá la historia secretos guarda,
guijarros de un pasado enmudecido
que apenas vive en la desolación.

Ve la Historia – memoria hacia el futuro
– el cerco amenazante y la ciudad
– la Patria vagabunda y defendida

No hubo honor ni defensa de la Patria,
tampoco sacrificio que honrase nombre alguno –
Apenas se movió la hora.