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martes, noviembre 10, 2009

Ya viene la maldición del Teletón, o por qué abominar de este

Ya me he referido en el pasado a mi abierta aversión, a mi declarado repudio a esa manipulación colectiva televisiva que los nazis envidiarían que es el Teletón. Como se acerca la fecha de esta actividad lobotomizadora colectiva, conviene retomar algunas ideas que he expresado en el pasado, pero más aún, conviene especificar otros motivos por los cuales el Teletón merece mi más abierto y declarado repudio. Debo decir, en principio, que no me opongo a que a niños con discapacidad se les brinde ayuda. Ya algún padre me dejó un recado afirmando que de no ser por el tratamiento que recibió en un CRIT su hijo tal vez no estaría con vida. Y no pongo en duda el que mencione, también, que no le cobraron nada, y demás. El problema no es ese, sino otro más siniestro, de abierto corte fascista. Ese aspecto se ve en la manipulación colectiva que hace Televisa, manipulación a la que no escapan ni empresaurios ni políticos (empezando por el enano Calderón) ni mucho menos la pobre y triste población general del país. Esta manipulación es tan nefasta, tan grosera, que todos aquellos que nos oponemos al Teletón somos vistos como gente negativa, como enemigos de la generosidad empresarial, y no pocos insultos recibimos por oponernos a esto. Si la situación fuese más abiertamente manipulada no dudo que ya se hubiesen organizado comandos de limpieza para eliminar a quienes nos oponemos a esta actividad nefasta y fascista.
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El problema con el Teletón no está solamente en lo que hace ya varios años señalé como sospecha y que cada día más gente ha comprobado como un hecho: que Televisa (y las empresas asociadas al mismo, como Cemex, Telmex, etcétera) evade impuestos mediante esta supuesta actividad filantrópica (y seguramente en algún momento se comprobará lo que ya había yo señalado antes, la sospecha de que el narco limpia dinero a través de donaciones y la devolución vía impuestos de su dinero lavadito y recuperado, ¿por qué dudar que no lo está haciendo ya si no hay una sola auditoría a este festín mediático? ¿Quién va a dudar de la nobleza de estos actos de generosidad colectiva si son para ayudar a niños y hasta el Presidente y la mayoría de los gobernadores y senadores y diputados de la República donan?). No, el problema está también en la discrecionalidad que esta labor altruista conlleva. Ni duda cabe que si un empresario decide ayudar a un grupo poblacional, tiene derecho a elegir qué, cómo y cuándo, y nadie tendría por qué exigirle o demandarle que haga otra cosa, o cómo debería hacerlo. Y ese es precisamente el problema. Porque el Teletón, y todos los actos altruistas del mismo tipo, tienen como objetivo calmar (hipotéticamente) la conciencia del dinero mal habido de ciertos empresarios, que al realizar estos actos de generosidad se presentan ante la sociedad como santos, como hermanos de la caridad, y así lavar sus pecados. Una suerte de pagos posmodernos por las indulgencias colectivas que esperan recibir no de los cielos o de la Iglesia, sino de los ciudadanos mismos, que al ver tal acto público de contrición, los absolverían de sus actos ilícitos o de mezquindad (como no pagar impuestos, o casi, y recibir además devoluciones millonarias que el resto de los ciudadanos no). Así, inmaculados, se nos ofrecen como empresarios que todo lo sacrifican en nombre de nuestros niños.
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¿Por qué esto es malo? Justamente por la discrecionalidad. No sólo en el aspecto económico. Igual que el Presidente, que cada año nos presenta las cuentas del gran capitán en su informe anual, el Teletón supuestamente presenta un informe de los gastos efectuados y demás. Obviamente, nadie toma en serio semejante informe. No hay un sólo análisis detallado de los gastos e ingresos, y no hay forma de solicitarlo pues no siendo una dependecia pública no hay forma de solicitar al IFAI los datos respectivos. ¡Nadie había pensado en eso! ¿Verdad? Allí ya tenemos un asunto que debería despertar toda clase de sospechas. Pero más grave aún es el hecho mismo de elegir un grupo poblacional sumamente reducido para presentarlo como la ayuda social más importante de la iniciativa privada, semejante a programas como Bécalos, o Goles por México, etcétera. En este último caso, cada vez que ustedes ven un partido de fútbol transmitido por Televisa (TV Azteca no está en este programa) y cae un gol, Fundación Televisa y Grupo GNP donan cualquier cantidad de pendejadas a 25 familias (a veces es una sola) en algún lugar de la República: casas, despensas (pa' que no se mueran de hambre esos pobres desdichados), etcétera. ¿Se imaginan qué pasaría si un día hubiese una sequía de goles masiva en el fútbol mexicano, o al menos en aquellos partidos que transmite Televisa, y todos los partidos concluyeran con marcadores de empate a ceros: 0-0? Todas esas pobres y desgraciadas familias no recibirían nada hasta que no concluyese la sequía. Este hipotético caso muestra que el voluntarismo no sirve de nada. Repartir en una semana 250 despensas al mismo número de familias, ¿no es eso acaso una burla? ¿No es repetir el paternalismo que las propias empresas han criticado del gobierno?
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El Teletón cae en esa misma dimensión de mezquindad y de voluntarismo, y lo hace de manera más grave porque es el resultado de años de que el propio Estado nacional haya renunciado a sus responsabilidades sociales. Hace ya más de 20 años atrás, cuando las privatizaciones de Salinas estaban en su pleno apogeo, fui severamente reprendido por amigos que señalaban que yo exageraba cuando hablé de que estábamos asistiendo al nacimiento del Estado irresponsable, un Estado que cada día tenía menos responsabilidades porque las que ya tenía las entregaba a la iniciativa privada para que aquella hiciera negocios donde el Estado tenía que dar servicios. Y eso es exactamente la diferencia entre el Teletón (y los CRIT) y los sevicios médicos de salud que el Estado tiene la obligación de dar al pueblo de México. Y esto es más grave porque se enmarca en la recién decisión del goberno de desaparecer a la Compañía de Luz y Fuerza del Centro. Con los mismos argumentos que usó Calderón para cerrarla (no olvidemos que él fue el inepto secretario de Energía que nunca hizo nada por mejorar a la misma empresa corrupta e ineficiente, según él, a la cual hoy ha deshauciado), el día de mañana puede cerrar el IMSS. ¿Exagerado? Siéntense a ver el río pasar y más tarde que temprano sucederá. Hoy el IMSS está en un abandono financiero y administrativo semejante, o peor, que la CLyFC. ¿Qué nos hace pensar que ese abandono presupuestal no un paso para darle más poder al Seguro Popular y quitárselo al IMSS?
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En este mismo sentido, permitir que los empresarios tomen sectores de la población para ejercer funciones de salud que le competen al Estado es de enorme peligro. Porque el Estado al ofrecer servicios de salud a toda la población lo tiene que hacer sin distingos, sin reparos en quién sea el paciente, cosa que no hace el Teletón. Basta comparar los intereses que hay detrás de la actividad dempresarial y la actividad Estatal. Esta última debe estar orientada a toda la población y debe ser gratuita, es decir no debe ser un negocio. Por el contrario, el Teletón, por muy noble y generosa que sea su actividad, es el fruto de una actividad empresarial, y su último fin es obtener beneficios, sea de una forma o de otra. Si el Estado se comporta como los mismos empresarios para cerrar las actividades de la CLyFC, porque no es negocio, puede cerrar cualquier otra actividad estatal que otorgue beneficios a la población con los mismos argumentos. Por el contrario, los empresarios no tienen que pensar en términos de beneficio a la población, y personalmente no se los reprocharía nunca. Al contrario, están en todo derecho a actuar como lo hacen, y sería egoísta (más aún de lo que uno piensa) reprochárselos. Ellos sí pueden cerrar empresas en el momento que quieran, más aún si tales empresas no les dan los beneficios monetarios que ellos esperan. Es un derecho que les asiste.
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El Teletón es, desde esta amplia perspectiva, un claro ejemplo de la discrecionalidad y la discriminación empresarial (a la que tienen derecho, por supuesto; aunque Azcárraga diría que él no pretende sustituir las actividades del Estado) y de cómo este tipo de actividades, lejos de beneficiar a la población, sólo benefician a un muy reducido porcentaje (escasamente representativo de la población incluso concerniente con los servicios prestados por los CRIT) de esta. El voluntarismo, es decir el deseo concreto de ayudar (por muy genuino, noble y generoso que sea) a una persona o a un grupo específico de personas siempre será limitado y sus efectos se diluyen de manera inmediata. Por el contrario, las políticas públicas de salud tienen (o deben tener) un impacto generalizado y de largo alcance, y no se detienen en el acto de haber curado a un niño (¿qué pasa, por ejemplo, con los adultos en condiciones similares a los niños? ¿Que se chinguen por no ser niños? ¿Que se los lleve la chingada por no despertar suficiente lástima pública y mediáticamente aprovechable? ¿Que sigan igual de jodidos porque no son aprovechables para el chantaje colectivo?) del mal que lo aqueja. Las políticas públicas son permanentes, no se confinan a un día o dos de mea culpa colectivo, y por lo mismo no son mediáticamente redituables. Por el contrario, el Teletón busca apelar a la lástima colectiva para sobornar nuestra conciencia y hacer que mediante el sincero o disfrazado arrepentimiento se brinde apoyo a esos pobres niños jodidos, que podrían ser el hijo de cualquiera. Allí comienza el chantaje. Las políticas públicas de salud apelan a la solidaridad colectiva, porque todos dependemos de todos, y por ello mismo se ayuda colectivamente, sin chantajes, sin doble lenguaje, sin manipulación. En cambio, el Teletón no apela al mismo argumento, sino al abierto chantaje de que "ese niño pofría ser el tuyo", y para que eso no suceda (Dios guarde la hora), dona algo. ¿No parece eso las famosas indulgencias por las que Lutero se separó de la Iglesia? ¿Soy sólo yo quien ve la similitud?
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Sí, tal vez los niños del Teletón puedan hacer imposibles, menos evitar ser manipulados, ser presentados públicamente como objetos de lástima (o monos de circo, para el caso es lo mismo) que ameritan nuestra limosna, sea millonaria o reducida, pero limosna al fin y al cabo. No son presentados como seres humanos dignos, sino como pobres engendros por los cuales debemos sentir lástima porque ellos no han recibido los beneficios del Maná empresarial. Y porque son en el fondo indignos, hay que darles lo que nos sobre, sea mucho o poco; hay que dárselo a estos empresarios que han visto en ellos la manera de limpiar sus conciencias. Seguramente los padres de todos esos niños se sienten agradecidos por la ayuda brindada. ¿Cuántos padres habrá que han sido ignorados vilmente por los CRIT porque sus hijos no son dignos de semejante manipulación colectiva? ¿No sería mejor gozar de servicios de salud pública eficientes dirigidos a niños, adolescentes, adultos, ancianos, etcétera, en lugar de sólo a unos pocos niños? No nos hagamos pendejos, ya es tiempo de dejar de donar al Teletón. Exijamos al Estado un comportamiento digno y responsable, en lugar del pobre ejercicio político y público que desde hace 30 años viene ofreciéndonos, y por el cual además nos cobra impuestos estratosféricos para los pobres resultados que nos ofrece.

lunes, noviembre 03, 2008

Televisa y la mentira del Teletón: análisis de una mentira

Mi estimados cero lectores, se acerca la bonita fecha familiar que celebra esa hipocresía colectiva llamada Teletón y que congrega a millones de soplapollas lobotomizados que no merecen el más mínimo asomo de respeto por su pendejez absoluta. Y ahora, podemos, puedo, demostrar con hechos que eso es verdad, y sólo un soplapollas como tantos hay allá afuera podría negarlo. Pero decir que el Teletón es sólo una hipocresía es poco. Se trata en realidad de una mentira espectacular y de un ejemplo clarísimo de cómo Televisa disfraza su peligroso fascismo engañando a un pueblo ignorante al que ella a maleducado, un pueblo pendejo hasta la médula de los huesos como probablemente ningún otro sobre la faz de la tierra haya existido. Pero como ese pueblo, y los individuos de que está formado, ha sido pavlovianamente adiestrado por el Big Brother más peligroso de la historia, sin duda se rasgará nuevamente las vestiduras y me insultará y llenará de improperios, como la bestia ignorante y babeante que es, ha sido y siempre será, porque es incapaz del todo de elaborar respuestas, de discutir y de entrar en razón.
Curiosamente esta temporada familiar de Teletón coincide con eso que llaman crisis mundial, que algunos han comparado con la tristemente célebre crisis de 1929, cuando millones de personas perdieron todo lo que tenían y el mundo entró en la peor recesión, hasta la aparición de esta nueva crisis. Históricamente, México no resultó muy afectado por aquella crisis, en parte porque el país estaba aún saliendo de la Revolución y no estaba muy desarrollado en lo económico, de modo que lo efectos de la crisis bancaria muncial de aquellos años no golpearon al país. Sin embargo, para cualquiera con más de 35 años de edad, la palabra crisis tiene un significado muy preciso y sus consecuencias son conocidas por todos: pobreza, pobreza y más pobreza. Por supuesto, esta pobreza no es generalizada, y nunca hemos visto que los más ricos caigan en la desgracia total, y más bien simplemente el rango de población que se hunde en la pobreza es cada vez mayor, al grado que hoy en día el 60 por ciento de la población del país se encuentra hundida en algún grado de pobreza. Hundida en algún grado de pobreza, es una bonita frase que nos tranquiliza e impide que nos hundamos en la desesperación colectiva, exactamente como cuando nuestros políticos hablan de datos macroeconómicos y subdividen la pobreza en pobreza alimentaria, pobreza habitacional y otra geniales expresiones que sólo sirven para disfrazar el hecho palpable y concreto de que este país ha fracasado espantosa e históricamente en otorgarle a sus hijos, a sus ciudadanos, un presente digno de ser vivido y celebrado, por lo cual todo el tiempo nos hablan de un futuro promisorio, porque lo que es el presente es como vivir en una cloaca inmunda.
Hoy los pobres, que abarcan casi un total de 60 millones de mexicanos en algún grado de jodidez absoluta, equivalen a cuatro veces la población total del México porfirista. Cuatro veces la población total del México porfirista. Lo repito por si alguien no lo entiende. Cuatro veces la población total del México porfirista. ¿Está claro o alguien no lo entiende? Eso se llama progreso. Para eso ha servido la tan cacareada democracia.
Este sentimiento espantoso de crisis ha hecho que cuando alguien hable de los pobres sea mal visto y hasta se le reproche que lo haga. Para que la pobreza no nos amenace es mejor no hablar de ella. Y si por alguna razón debe aparecer, mejor que sea a través de datos estadísticos, que en su sola abstracción nos aleja de cualquier rostro mugroso y macilento, de cualquier asomo de casas de cartón, de gente en los huesos, mal vestida y hedionda, con problemas de salud, de alimentación, de rendimiento educativo y laboral.
Eso debemos alejarlo de nuestro horizonte.
En este contexto, nos corresponde analizar los pródigos anuncios que Televisa ha mandado hacer para que no nos hundamos en la desesperación total. La nueva campaña de Televisa es el ejemplo de cómo los soplapollas de esta empresa, encabezados por el lamehuevos número uno del país, Adal Ramones, soplapollas al que desearía matar con mis propias manos, son reunidos por la misma empresa para que, en nombre del gobierno, que no sabe cómo dirigirse a nosotros, se dirija a nosotros y nos dé una clase de patriotismo y conocimientos históricos dignos del doctor Chapatín. He aquí el anuncio:

Televisa vs. La Crisis Económica



Si alguien alguna vez se refirió a la manera en que Enrique Krauze presenta la historia del país con el adjetivo de la historia light, no sé cómo habría que llamarle a este ejemplo de retórica oficialista lamehuevil televisiva. Es indudable que para Televisa y sus actorcetes homosexuales-lamehuevos-soplapollas, la historia de México es como un episodio de alguna de sus telenovelas, en donde todo es un simple decorado para que lo llenen de sus imágenes mamonas y ñoñas hasta decir basta. Analicemos la contundencia de su mensaje para que esos pobres lobotomizados de cuarta que me odian tengan material para babear rabiosa y detestablemente, ya que argumentar no pueden.
Por principio de cuentas, estos anuncios comienzan con el marco global: la crisis en que el mundo se halla sumergido. Como es un anuncio, sería imposible esperar que nos dieran el contexto de esa crisis. Tal vez haya quien no esté bien enterado de por qué está el mundo en crisis. Pero igual que sus noticieros (sólo hay que ver a la soplapollas número uno de los noticieros de Televisa: Paola Rojas, una maldita zorra que merece ser violada por una turba de negros incontrolables), aquí tampoco se da razón del por qué suceden las cosas. Para qué informar de ello si sólo hay dos opciones: o los televidentes son tan hiperpendejos que no van a entender nada, o son fenómenos naturales como la lluvia, la sucesión de las estaciones o de los días, y nadie es responsable de lo que sucede. Ustedes elijan. Acto seguido, nos ubican en nuestra realidad individual, y repiten, como fascistas soplapollas, que por grande que sea esa crisis, no será más grande que nosotros mismos. Podría ser tan grande como Godzilla, pero la neta nos pela los tompiates. A eso se reduce la argumentación inicial. Pero incluso Goliat fue derribado por David. ¿De veras es imposible ser derribado por una crisis?
Después aparece el soplapollas mayor, el lamehuevos más grande que haya visto el mundo: Adal Ramones, para darnos una clase de historia. Neta que ni el profesor Jirafales habría sido más elocuente: “no existe un solo momento en nuestra historia en donde un problema haya sido más grande que nuestro corazón”. Y después aparece otro homosexual de cuarta bien vestido, que agrega: “Y por supuesto, que todos nuestros corazones juntos”, por si alguien pensaba hacerse pendejo al respecto. O más bien, por si alguien pensaba que sumar no implica nada: un chingo de cabrones juntos dan por resultado: todos. ¿De dónde sale tanto pinche asqueroso homosexual? Del mismo sitio de donde salen semejantes argumentaciones irrebatibles. Y luego, la soplapollas de la Lucero, seguida de otra lamepollas, hablando de cosas que la muy hiperpendeja no entiende ni aunque naciera otra vez: “De los temblores nos hemos levantado”… “De las inundaciones hemos salido adelante”… y después de estos dos ejemplos maestros de retórica histórica, aparece otra vez Adal Ramones afirmando: “Y de las otras crisis económicas [con su sonrisita de pendejo asqueroso] nos hemos recuperado, ¿cómo?” y es completado por uno de los homosexuales más asquerosos que se hayan visto jamás. De veras que si los griegos hubieran visto a este cabrón, habrían abandonado la jotería para siempre. Nomás de verlo uno busca un condón para evitar el contagio de su putarraquez inocultable. Pues este comepollas le contesta: “Haciendo lo que sabemos hacer mejor que nadie [no, no se refiere a su homosexualidad rampante]: echándole muchas… todas las ganas del mundo”.
Después nos dice uno de estos lamepollas profesionales consuetudinarios, “Cuando escuches a alguien decir que esta crisis económica es muy grande” … agrega la puta de Lucero, que no entiende más que del pene de su marido, y eso quién sabe, a nadie le consta: “contéstale que más grande es el amor a nuestro país, más grandes son las ganas de que nuestros hijos tengan un futuro mejor del que nosotros jamás tuvimos”. Y luego otra vez aparece el sidoso jediondo de hace 20 segundos, para decir: “Y muchísimo más grande es nuestro esfuerzo”, complementado otra vez por otro pendejete, moviendo el cuello como si se estuviera tragando la polla de John Holmes: “y gigantesco es nuestro corazón”, concluyendo con todos los ojetes y putarracos del anuncio rodeados de niños que arrojan globos y confeti gritando: “Viva México”. Todo esto en un minuto de condensado mensaje.
Este es un ejemplo de mentiras continuas y de cómo la televisora más grande del mundo engaña al pueblo mexicano, a ese pueblo ignorante como un pinche burro hambreado persiguiendo una zanahoria al que ella ha educado, y no la SEP. Y perdón, bueno no, no me disculpo, chínguense pendejos de mierda. Vean nada más de qué está hecho este minuto de retórica televisiva.
Eso de que el corazón de los mexicanos ha solucionado todo en todas las crisis sólo da una idea de la bajísima estima en que Televisa tiene a su público, a millones de eunucos mentales que se tragan toda la basura que Televisa les ofrece. Sí, a muchos de ustedes que ven Televisa a diario, los considera ella como peor que unos pobres pendejos que andan a cuatro pies por la vida. Si no, entonces, la Independencia fue una cuestión de echarle ganas. Las guerras de Reforma y los miles de muertos que cobró la lucha fratricida entre mexicanos liberales a quienes le importaba la dignidad del país contra mexicanos conservadores cobardes y vende-patrias que trajeron a un emperador para cumplir sus mezquinos sueños de poder fue apenas un episodio de una telenovela con chorros de sangre artificial. Se pudo expulsar al extranjero sólo porque el corazón de los mexicanos era chingomadral de grande. Y los miles de muertos por la Revolución también fue un episodio que sucedió para edulcorar una historia de amor ñoña y pendeja hasta el delirio de Televisa.
Dos siglos de historia patria que se conmemora y se conmemorará en los próximos años son reducidos por Televisa a un asunto menor, donde los muertos, las luchas fratricidas, la división del país, traída por conservadores ojetes de mierda, hoy igual que hace un siglo, es un asunto sin importancia. Pero esto podría ser entendible, se trata de hablar en un minuto de un asunto muy grave. Pero por ello mismo, uno podría esperar un ligero asomo de seriedad —pero si el anuncio está plagado de soplapollas y homosexuales al por mayor, pues es casi imposible esperar que haya seriedad.
Pero el asunto es más grave cuando del pasado remoto —¿cuántos de ustedes conocen alguien que tenga más de cien años de edad que les pueda hablar de aquellos tiempos?— nos aproximamos al pasado inmediato. Allí sí que vemos una mentira absoluta tras otra, una forma hipócrita, por decir lo menos, de presentarnos el pasado inmediato y mediato que hemos vivido. Y no me refiero a esa mentira pendejérrima de que “de las inundaciones hemos salido adelante”. ¿Quiénes hemos salido adelante, maldita piruja de quinta? Esta pendeja anencefálica, ¿se ha asomado a Veracruz o Tabasco últimamente? Maldita zorra, deberían violarte con cables de alta tensión. No se diga de la pendeja de Lucero hablando de los temblores. Maldita hija de la chingada: cómo no te aplastó una losa y así nos hubieras ahorrado la pena de verte arrastrarte como la soplapollas atómica que eres. Unos y otros, temblores e inundaciones, no son, no fueron, simples fenómenos naturales imprevisibles. Mucho de lo que vimos y seguimos viendo fue resultado de la corrupción, de la insaciabilidad, de las complicidades criminales del poder político con el empresariado. Y del temblor, no salimos echándole ganas y ya. Hubo al menos 35 mil muertos (si no es que hasta 7o mil), y no hubo un solo responsable. Todos los muertos murieron a lo puro pendejo, como si un huracán hubiera pasado por territorio nacional. Exactamente lo que vemos ahora en Tabasco y Veracruz, y que veremos idéntico el próximo año y los subsiguientes años; todo, fruto de la codicia de empresarios que generan electricidad en esas presas que se llenan hasta el tope y que luego le venden a la CFE. No, la gente de esa zona no ha salido adelante echándole ganas. Más bien lo perdieron todo por la codicia de unos pocos, los mismos de siempre al que el gobierno conservador, igual que hicieron sus traidores y cobardes antepasados históricos: valiéndoles madre que el país se hundiera en la miseria y la desesperación.
Observen ahora cómo se refieren a las crisis: también de ellas, según estos pinches despojos humanos, hemos salido avante. Esas crisis también fueron fenómenos aislados, contingencias temporales, como un excusado que se tapa o un foco que se funde, igual que los temblores y las inundaciones. Nadie es responsable de semejantes tragedias económicas. Y por supuesto, como buenos lamehuevos y soplapollas, como homosexuales reprimidos que inocultablemente son, sólo repiten como pericos lo que les dicen sus patrones que digan, al fin que al cabo que a ellos sí no les llega el agua a los aparejos. Lo que a estos megamojones se les olvida, o simplemente desconocen porque son tan hiperpendejos como los hiperpendejos a los que se dirigen, es que el resultado tanto de esas inundaciones, de aquel temblor, como de las crisis económicas es la multiplicación de los pobres, de los muertos de hambre, de gente que lo ha perdido todo y no lo va a recuperar ni en un millón de años. Los millones de mexicanos que viven por debajo del nivel de supervivencia, que viven peor que haitianos, como si su país, el territorio que ellos viven, hubiese sido azotado por un demonio que los odiase, como si hubiesen perdido una guerra, esos millones de mexicanos que son el resultado de las gripitas convertidas en charcos de agua, son lo que queda atrás de esas crisis. Y a esos mexicanos olvidados, de los que nadie quiere hablar más que con eufemismos o datos porcentuales que permiten ocultar su desgracia y su desesperación, a esos que a veces van a las playas de Marcelo Ebrard o del Peje, y de quienes algunos hijitos de su rechingada y reputísima madre suelen burlarse con no disfrazada sorna, sin percatarse que hay literalmente millones de mexicanos que NUNCA HAN VISTO UNA PLAYA NI EL MAR —¿verdad que es inconcebible eso?— y que probablemente eso será lo más cerca que estarán jamás de una playa o de agua marina, a esos mexicanos se les pide que le echen ganas. Quiero que un hijo de su reputa y teletona madre me diga que esos mexicanos no le echan ganas, o que están así, en la jodidez más absoluta porque sólo ellos son los únicos culpables de ese estado, que nadie más que ellos y su huevonería son los culpables de eso, que ellos no le echan ganas todos los días para no morir de hambre como pobres biafranos. Quiero que haya un solo imbécil que se atreva decirme eso para ir y violar a su putérrima madre.
Pues bien, la empresa televisiva que afirma eso, que lo dice veladamente en este anuncio, en este minuto de ignominia absoluta, de fascismo puro, es la misma que organiza el Teletón. ¿Cómo podría alguien creer que una empresa que miente, que disfraza, oculta y pervierte la historia de México como un episodio de una telenovela, que insulta a los millones de pobres y jodidos y les vende productos espurios que no representan al verdadero mexicano, pero les pide dinero cada vez que puede, va a hacer algo en beneficio de alguien? Todos esos pobres que son el producto de las corruptelas, de la avaricia, de la depredación social y económica del país, representan en este momento el 60 por ciento de la población, y seguramente en los próximos años su número se incrementará. Los pinches escuincles jodidos del Teletón, a los cuales un comando debería secuestrar y matar en masa para evitar el chantaje masivo a que somos sometidos cada año, no han de llegar ni al 10 por ciento de la población —y me estoy yendo muy alto en la estimación: no han de llegar siquiera al 1 por ciento de la población. ¿Hay proporción entre ambos extremos? ¿A alguien le parece que la hay?
Y sólo para que se den cuenta de la mezquindad que hay detrás del Teletón, les recordaré algo del pasado reciente de este tipo de fiestas colectivas de mea culpa. Cuando Televisa organizó el primer Teletón —lejos estábamos de imaginar que semejante mamada se volvería peor que las peregrinaciones a la Basílica— hizo un llamado a las demás empresas de los medios de comunicación, y con el tiempo han terminado por sumarse toda clase de empresas que ven en el Teletón la oportunidad para sacar raja comercial. Pues en aquellos días de sus inicios balbuceantes, prácticamente no hubo empresa de comunicación que no se sumara en la cobertura maratónica. El entonces verdaderamente libre Canal 40 se sumó, como lo hicieron televisoras locales, estaciones de radio y medios impresos incluso. La única empresa que no se sumó al generoso llamad0 de Televisa fue, como no podía esperarse de otra manera, la empresa de Salinas Pliego: TV Azteca. Sus razones no fueron de índole moral ni de honestidad intelectual —dos palabras que no existen juntas en el vocabulario de ninguna televisora—, sino de mera mezquindad mercantil.
TV Azteca estaba desde hace años —y lo está aún hoy— en abierta competencia con Televisa, de modo que no podía unirse al odiado rival, como un jugador de las Chivas que no puede pasar al América. Además, TV Azteca ya contaba —y cuenta aún hoy con ella— con una pendejada aún peor que el Teletón, fruto de la iniciativa —bien decía mi padre que no hay cosa peor que un pendejo con iniciativa— de ese prohombre llamado Jorge Garralda, que es su Juguetón, un maratón miserablemente más mezquino que el supuesto gesto de bienestar que prometía el Teletón. El Teletón pretende dar una vida a un niño con problemas, el Juguetón sólo pretende dar una sonrisa a un niño jodido y pobre. Oficialmente, TV Azteca sigue con su política de enfrentamiento con Televisa, pero en los hechos, tal lucha de poder sólo es aparente, y no es raro llegar a ver a los dos odiados rivales, Emilio Azcárraga y Salinas Pliego, juntos en algún evento empresarial, y hasta saludarse de mano, como si nada pasara entre ellos. Pues bien, la mezquina TV Azteca, fiel a su espíritu aún más mezquino que Televisa, entró al Teletón por la puerta de atrás, igual que Calderón lo hizo a la Presidencia —cualquier coincidencia, pues es pura coincidencia—. En efecto, al robarse literalmente la señal del Canal 40 —es lo único que le duele a Ciro Gómez Leyva, convertido en lamehuevos trans-sexenal por obra y gracia de su jefecito adorado y lamehuevos aún más asqueroso: Carlos Marín­— y amenazar la autonomía del Estado y ante la pasividad del titular del poder Ejecutivo que andaba de vacaciones y cuando se le cuestionó al respecto respondió la hoy célebre frase: “Y yo por qué”, TV Azteca pudo entrar al Teletón vía Canal 40, que desde entonces se suma al Teletón cada año, dejando atrás su hipocresía, aunque la fachada de competencia despiadada se mantenga.
Así pues, vemos que ambos maratones de supuesta beneficencia televisiva están cortados por la misma tijera. No buscan ayudar a nadie sino glorificarse públicamente como supuestas benefactoras de la sociedad a costa del bolsillo ajeno. La población a la que sirven, o pretenden servir, realmente no necesita de tal ayuda, y aunque así lo fuera, su porcentaje con respecto al total nacional es perfectamente despreciable, y sin embargo las carretadas de dinero fluyen como si estuvieran ayudando a damnificados de inundaciones en Tabasco o Veracruz o por el temblor de 1985. Pero no, para eso no piden absolutamente nada. Pinche gente, que se chingue por vivir en muladares. ¿Por qué no nacieron tullidos, con un cromosoma menos o sin brazos? Tal vez así los ayudarían. No siendo así, lo mejor que puede sucederles es que se mueran y se pudran en el infierno. A eso equivale dar dinero al Teletón, ni más ni menos. Y como buen acto de prestidigitación mezquino, ambas televesisoras, más Televisa que TV Azteca, no sufren ningún tipo de fiscalización ni por asomo, y sólo informan, igual que lo hace el gobierno ―en eso tuvieron un gran maestro―, en bloques, y no en detalle. Y de cualquier manera, ante tanto derroche de bondad nacional, ¿quién se atrevería a pedirle cuentas a Televisa de los manejos del dinero recibido?
Quiero que alguien me diga, después de leer esto, que estoy equivocado, que yo soy un ojete, que soy un culero, cuando la televisora principal del país organiza un festival para su auto-elogio y mostrarse muy generosa. ¡Por favor! ¿Quieren una culerada? Ai les va: ¡Osama Bin Laden! ¡Olvida Nueva York! ¡El verdadero imperio del mal está en México! ¡Necesitamos tus células terroristas en este país! ¡Pero ya!
Por todo lo antes expuesto, les prometo organizar el movimiento Yo odio el Teletón, y los invito a sumarse a esta iniciativa. Vale la pena. Ya estuvo bien que Televisa siga explotando a los mexicanos y nadie haga algo al respecto. Si alguno de ustedes desea seguir siendo explotado por los ricachones de Televisa, pos allá ustedes. Desde aquí les miento su madre con fervor.

viernes, diciembre 21, 2007

Mentadas de madre y el Teletón

Mis estimados cero lectores. Se acerca el fin de año y las fiestas que le acompañan. Antes de cerrar el año, deseo referirme a los comentarios que mi entrada sobre el Teletón me deparó. Me refiero, por supuesto, al insulto que un enano mental dejó anónimamente.
Primero, sólo una mentalidad realmente fascistoide puede suponer que su opinión es la única válida, y que no se debe cuestionar la acción humana, sea institucionalizada o sea individual. No cuestionar en lo más mínimo el teletón, como pretenden ciertos enanos y eunucos mentales, es prueba eficiente de la efectividad de la campaña mediática de chantaje social que el teletón conlleva. Es la misma campaña mediática que se desató contra el lópezobradorismo en la campaña electoral del 2006. Y curiosamente, mientras los personeros del dinero y el empresariado pretender validar su derecho a insultar y armar campañas sucias en contra de quien no les parezca, amparados en la libertad de expresión que ellos nunca han defendido ni validado pero de la cual ahora quieren apoyarse, otro hijo putativom de aquellos, sin dinero, quiere niegarme mi derecho constitucional a expresarme, a opinar diferente, a dudar del valor social del teletón. Que se me entienda. Es muy distinto tener una opinión crítica, que desear defender mi derecho a ensuciar el buen nombre de otros. ¿Cuál buen nombre tiene el teletón si sólo sirve mediáticamente, no socialmente? ¿Cuáles beneficios otorga el teletón si se supone que el promedio dado por ncada mexicano, haya dado o no, fue de 6 pesos en esta pasada emisión? ¿A cuánto asciende, en un mismo plano, el presupuesto social del gobierno federal por persona en este año que ha concluido? ¿A quién beneficia más de lo siguiente: acción social para la población en general, o acción mediática para beneficio de unos cuántos?
No mis estimados cero lectores: no nos engañemos, no hay derechos absolutos, y nadie puede insultar sin argumentos, aunque se pueda argumentar y con esto insultar a ignorantes babeantes lobotómicos. Por tanto, sepan que cuando se acerque el siguiente teletón volveré a las andadas, señalando la falsía, la hipocresía, los sepulcros blanqueados que rodea esta bonita puesta en escena de los más ricos del país.
Por cierto, feliz año y felices fiestas

lunes, julio 30, 2007

El Teletón es un pacto entre mafiosos

Mis queridos cero lectores, hace unos días entré a mi cuenta de correo a revisar unos documentos que me enviaron, y al salir de la cuenta veo un banner anunciando ya desde ahora el Teletón. Fue tal mi enojo, que en mi Messenger puse un mensaje que mostraba mi furia homicida hacia semejante estulticia, el cual me valió algunas reprimendas de algunas amigas. Voy a explicar por qué no sólo odio al Teletón, sino por qué lo considero la muestra más acabada de egoísmo e hipocresía que se haya visto en este país jamás, y un superamiento del manejo de las masas que los nazis llevaron a efecto hace ya más de medio siglo. Adelanto que no estoy en contra de ayudar a los desvalidos, pero verán por qué me opongo a esta farsa (por decir lo menos) organizada por los ricos del país.

Para empezar, hay dos aspectos que nadie debe pasar por alto. Primero, la principal empresa que organiza el Teletón es la que lo transmite en cadena nacional, la misma empresa cuyos personeros defendieron hace no menos de un par de meses una ley de televisión completamente abusiva y anticonstitucional que fue conocida por su nombre, Televisa, y que el primer dueño de esa empresa alguna vez afirmó que ellos trabajaban para mantener entretenidos a los jodidos, sin ocultar su desprecio en esa frase. Esa misma empresa, que se creó al amparo del poder presidencial cuando éste era absoluto, cuyos pagos impositivos nadie conoce, y cuyos privilegios y ganancias exceden con mucho lo que cualquier persona normal podría siquiera imaginar, es la misma que organiza este supuesto festival para recaudar fondos para un grupo muy específico de la población nacional, que no es, ni con mucho, representativa del resto de la población. Es la misma empresa que ha manipulado a hombres y mujeres en sus programas, difundiendo estereotipos, tanto masculinos como femeninos, que no representan ni a la mujer ni al hombre promedio nacional, y que sí generan tratos de abierta discriminación. Segundo, la mayoría de las empresas que participan en el Teletón son integrantes del Consejo de la Comunicación Empresarial, “voz de las empresas” como ellos mismos se llaman, que es la organizaación empresarial que desató la campaña de odio contra AMLO en la pasada elección presidencial; son las mismas empresas que siempre se preocupan por la imagen del país, pero no por la realidad (léase, por los manifestantes pero no por poner solución a lo que los lleva a la calle); son las mismas empresas que han desarrollado esa campaña contra la corrupción (ustedes recordarán que uno de los primeros posts de este blog estuvo, precisamente, dedicado a esa campaña) cuyo objetivo está centrado en los ciudadanos y no las empresas (esas mismas que hace no menos de dos meses fueron señaladas por una investigación de Transparencia mexicana como la principal fuente de corrupción en el país, las que más corrompen al gobierno; ergo: no los ciudadanos, sino los empresarios, son los corruptos).

Visto de esta manera, se puede afirmar, sin exagerar un ápice, que el Teletón es el fruto de un pacto entre mafiosos. Así de sencillo. Como cualquier grupo de criminales, para cometer el crimen perfecto, hay que elaborar una coartada. Y es mejor aún si se tienen testigos que certifiquen que no se estuvo en la escena del crimen. Y el crimen es más perfecto aún si conseguimos que durante el crimen nadie realmente lo vea, sino que con actos de magia y prestidigitación vean otra cosa. Y todavía mejor si, además, la gente aplaude, y hasta las más altas autoridades del país se ven forzadas a participar en la farsa. Eso es el Teletón: una cortina de humo que oculta el crimen, que oculta la hipocresía, la falsedad.

Quiero recordarles, mis cero lectores, que hace ya muchos años, perdido en alguno de los noticieros de Televisa, vi una nota que me llamó la atención. En uno de esos eventos de industriales que Televisa suele organizar, o en los que participa con singular alegría, un tipejo de España hablaba de las bondades de la participación de las empresas privadas en obras de beneficencia, en cómo el solo hecho de participar en esta clase de actividades mejoraba la imagen de las empresas ante la población. En otras palabras: lo que todo mafioso sueña, hecho realidad: ganar respetabilidad engañando a los demás. No recuerdo bien si cuando vi esa nota, ya existía el Teletón (creo que sí, tenía como dos o tres años de transmitirse), pero en todo caso, me quedó clarísimo que ése era el sustrato ideológico que sustentaba este tipo de iniciativas (poco después aparecieron otras campañas similares de Televisa y empresarios nacionales como el redondeo, etcétera). Lo notable de las palabras del tipejo éste, precedido por las de Azcárraga Jean (lo recuerdo muy bien), es que en ningún momento habló de que era bueno ayudar a la población desprotegida por razones humanitarias, o de beneficios colectivos, mejora en la calidad de vida, o algo por el estilo, sino por la mera conveniencia del que ayuda. Ya verán, entonces, mis estimados ceros lectores, por qué razón el Teletón no tiene un verdadero fin social pues no está pensado para ayudar a pobres, a programas de gobierno, a crear o mejorar infraestructura básica (como drenajes en zonas urbanas como Monterrey, o en zonas rurales en Oaxaca o en Chiapas), sino para lavar nuestra conciencia como sociedad (una suerte de Yom Kippur laico de petatiux).

Que se me entienda bien. No estoy en contra de ayudar a quien lo necesita, menos si se trata de un niño. Pero la simple aritmética desbarata cualquier argumento en favor del Teletón. En un país con cerca de 110 millones de habitantes, de los cuales el 50 por ciento (la mitad, por si no quedó claro) vive en pobreza extrema, y un 30 por ciento adicional vive en algún nivel de pobreza ligeramente superior (80 por ciento de los mexicanos viven en la jodidez más absoluta, disfrazada de muchas formas), el porcentaje de niños con discapacidades (perdón, con capacidades diferentes) es… ¿alguien sabe la cifra? … Nevermind. ¿Alguien imagina esas cantidades de dinero aplicadas a mejorar realmente zonas específicas del país que lo requieren? ¿Alguien imagina que ese dinero gastado en publicidad se invirtiera para llevar servicios básicos, elementales, a regiones que año con año sufren por inundaciones o sequías? ¡No, ¿verdad?! Y sin embargo el Teletón significa una inversión en recursos financieros anuales que podría significar el mejoramiento considerable de regiones enteras del país, en vez de diluirse en ayudas que nadie, absolutamente nadie, fiscaliza y cuya utilidad aún está por verse. Y porque eso mismo, no serviría para chantajear a la población entera del país. Si eso no es hipocresía y falsedad… Así pues, no me opongo a que se le brinde ayuda al desvalido, al necesitado, pero hay que usar la cabeza, hay que hacer cuentas; si no, nos darán cuentas de vidrio… Si se va ayudar al pobre, al miserable, al que de verdad lo necesita, entonces hay que apegarnos a la letra bíblica, pues da más quien da de lo que no tiene, que quien da de lo que le sobra (y además recupera). Si se quiere ayudar a esos niños, habría que ayudar primero a sus padres, habría que ayudar a la sociedad en su conjunto. No hay que darles de comer un día, hay que enseñarles a pescar. No nos engañemos. No conjuguemos el verbo que mejor conjuga el mexicano: Yo me hago pendejo… Tú te haces pendejo… O como decía aquel verso de Jaime Sabines: Mentira que me dije y me creí. Porque no parece ofender a nadie que ocho de cada diez mexicanos viva en un cierto grado de pobreza, mientras hay uno sólo que es el hombre más rico del planeta.

La hipocresía tiene muchos rostros, el más peligroso de los cuales tiene que ver con el hecho de disfrazar la realidad para que nos sea soportable (¿alguien se acuerda de aquella vieja película de los 70, Cuando el destino nos alcance?). Y cuando ese acto de falsificación llega al lenguaje, se vuelve insoportable, pues los eufemismos ocultan todo con tal de que no nos sonroje la insoportable realidad. Como puse en un poema en este espacio en diciembre de 2005, la lengua se vuelve fofa, y más valdría que nos la amputaran cuando no se le usa con vigor y conocimiento. Los niños con discapacidad (ya de por sí un eufemismo) se vuelven personas con capacidades distintas, cuando en realidad la discapacidad es la disminución de las capacidades o habilidades consideradas como normales para funcionar en sociedad. Lo mismo sucede con las putas, que se convierten en sexo-servidoras. Y qué decir de los viejitos, de los ancianos, que ahora son adultos mayores (por consiguiente, debería haber adultos menores: ¿los niños?), o adultos en plentitud (¿de achaques o de qué?). Se Podría seguir ejemplificando hasta llegar al delirio: los presos serían presos personas con capacidades de circulación y laboral limitada, etcétera.

Todo esto no es casual, ni se trata de fenómenos aislados. Es el fruto de un mismo comportamiento social que busca que seamos más egoístas que nunca, que no pensemos en función de un origen sino de un destino (“lo importante es que veamos hacia el futuro”, según sabias palabras de Francisco Labastida Ochoa al congratularse por la exoneración al expresidente Luis Echeverría Álvarez por delitos de lesa humanidad), que vivamos bajo el síndrome del automóvil y del iPod (encerrados en una burbuja que nos aísla del mundo y al cual nos podemos acercar por la radio para evitar infecciones, o desconectarnos con sólo un botón si la realidad nos incomoda) y podamos lavar una vez al año nuestra conciencia a través de un lavado de conciencia colectivo ideado por quienes detentan el poder psicológico de masas en este país y que han logrado, finalmente, supeditar incluso al Estado a sus órdenes (no se nos olvide que la Ley Televisa fue planeada y ofrecida a Fecal para que ganara la presidencia de la República a cambio de que el Estado renunciara a su tutoría y a sus obligaciones; tampoco olvidemos que TV Azteca se robó la señal del Canal 40, al que ahora promueven como un espacio donde se promueven valores de aquellos que supuestamente ayudan a crear un México libre –me pregunto de qué): la pesadilla de George Orwell vuelta realidad, el Gran Hermano ya no necesita vigilar cada acto de sus súbditos porque antes que podamos o queramos hacer algo, ya nos fue condicionado. Si no, ¿entonces para qué es la musiquita que acompaña a todas las noticias en los noticieros de Televisa y TV Azteca? Ese mismo comportamiento mezquino, típico de la derecha reaccionaria, es el que llevó a Manuel Negrete, un ex jugador de fútbol, a apoyar una ridícula campaña del PAN para intentar legislar las manifestaciones en las calles capitalinas. En lugar de exigir que el gobierno solucione los conflictos sociales, mejor desaparecer a los que manifiestan porque, encima de todo, “son gente muy fea”, según decía aquel futbolista. Hasta donde sé, es posible que uno sea tan feo como sea posible, pero en ningún país del mundo eso constituye un delito (como tampoco tener milloones de pesos, dólares y euros en una casa). Pero todo, como pueden ver, es fruto del mismo comportamiento mezquino y egoísta. A unos hay que desaparecerlos del mapa porque son muy feos (el caso de los nazis contra los judíos), a otros hay que ayudarlos porque, pobrecitos, ellos no pidieron nacer con capacidades diferentes. Pero tampoco el feo pidió ser feo, o gordo, o prieto, o patizambo. Por eso digo que estos pobres niños son la coartada perfecta para la hipocresía, la falsedad y el chantaje. “Uy, fíjate, podría ser tu hijo”, es el argumento que se usa para justificar este supuesto acto de generosidad y solidaridad humana. Al parecer, el pobre tampoco pidió ser pobre, y también podría ser cualquiera. En cambio, la riqueza extrema de un solo mexicano, que es el hombre más rico sobre el planeta, no ofende, en contraste con cerca de 80 millones de mexicanos que viven algún tipo de pobreza (disfrazada o paliada con programas sociales cada día más exiguos).

Hay un fenómeno social que los sociólogos llaman procesos de identificación, y básicamente consisten, según yo lo entiendo, en identificarse con una cierta idea, con un ideal que puede ser verdadero o puede ser falso, que puede ser conciente o puede ser inconsciente, que puede ser impuesto desde afuera, o elegido libremente (pero en una sociedad como la nuestra, cómo elegir libremente, si todo nos condiciona). Esa idea ajena a nosotros muchas veces tiene muy poco que ver con quien realmente somos, con nuestra identidad particular (los morenos o prietos que sueñan con un príncipe o princesa azul que los rescate, por ejemplo). Es por eso que el proceso de identificación no es lo mismo que la identidad. Así pues, esta idea ajena casi siempre es una idea fija, un paradigma o estereotipo, un cliché (para utilizar la adecuada palabra francesa que significa, precisamente, esto: imagen fija), que se fija en nuestra mente como la meta a alcanzar. Las telenovelas son la mejor línea de producción de estereotipos, de clichés. Pero hay muchos otros. Pensar que un extranjero nos redimirá de nuestra condición, cualquiera que ésta sea (el eterno sueño de los conservadores del siglo XIX y de no pocos de este nuevo siglo), es sólo uno de éstos. En esos procesos de identificación se puede ver cómo funciona a la perfección lo que he llamado el síndrome del iPod, o mejor aún, el síndrome del automóvil. Encerrados en nuestra cápsula móvil, los peatones y manifestantes son indeseables (“porque son gente muy fea”); los pedigüeños y limosneros de todo tipo deberían ser borrados del mapa porque afean las calles. Pero si el pedigüeño tiene medios, recursos, espacios propios, publicitarios, y corifeos, entonces está bien que pida. ¿Ven la diferencia entre unos que piden y otros? Es incluso más fácil justificar al pedigüeño poderoso que al necesitado, porque el primero lo hace con fines humanitarios, el segundo pide porque es un huevón, porque no se preparó adecuadamente a los retos del México moderno, etcétera. Incluso pensamos que el rico no va a robar “porque no tiene necesidad” (Jorge Hank Rohn en Baja California, Vicente Fox en la Presidencia de la República). Así pues, si no ven la diferencia entre unos y otros, mis queridos cero lectores, es porque forman parte de esa sociedad que prefiere identificarse con los poderosos, con los ricos, con los hombres rubios y de ojos azules. Forman parte de una sociedad que para ocultar sus pecados esgrime juegos de palabras para curar su alma enferma (concediendo que la tengan). Y una sociedad que se oculta tras eufemismos, detrás de palabras y juegos de palabras que disfrazan la realidad, es una sociedad asquerosamente enferma; y esa sociedad me da asco, me repugna vivir entre esa clase de gentuza. Vomito sobre sus valores.

Vuelvo a lo esencial. No perdamos de vista esto. Los niños. Para el Teletón se elige no cualquier clase de niños, sino tales que resulte imposible achacarles absolutamente nada. Niños con capacidades diferentes (¿ven el eufemismo? Si tienen capacidades diferentes, ¿por qué necesitarían ayuda? A menos que esas capacidades no sean diferentes, sino menores, disminuídas). Son la coartada perfecta. Inocentes, desvalidos, son mejores que los pobres, los campesinos, a quienes su jodidez se les puede achacar a muchas causas: falta de preparación, ignorancia, huevonería, el clima, el cambio climático, al corrupción, la geografía nacional, la falta de inversiones. Pero a un niño con capacidades diferentes no hay reproche que se le pueda hacer. Así pues, ¿quién dudaría de alguien que dice quiere ayudarlos? ¡¿Ustedes, mis queridos cero lectores, dudarían de los Boy Scouts?! ¿Verdad que no? Pues deberían. Si hay pederastas en la Iglesia católica (una institución hecha de seres humanos), en el gobierno (en los gobiernos panistas abundan, como todo mundo sabe), y hasta en los Boy Scouts, ¿por qué no habría de haberlos, figurativamente, y a lo mejor ni tan figurativamente, en otros casos? Y los niños con capacidades diferentes son la cortada más perfecta que puede haber, porque en nombre de ellos se puede pedir dinero, y se puede pedir a carretadas, para erigir centros de atención que no son verificados por nadie, cuyos costos nadie conoce (y nadie tiene por qué conocerlos, “¡por el amor de Dios! ¡Se trata de niños!”), pero cuyos costos, a la vez, son recuperables fiscalmente al cien por ciento. Ah, pero sólo si ustedes están en cierto régimen fiscal, y cuentan con un contador. Y las empresas también pueden deducir lo que donen al Teletón. Todo sea por esos pobres niños que necesitan una oportunidad que la sociedad no puede darles. ¿Alguno de ustedes, mis queridos cero lectores, que seguramente ve los programas de Televisa, ha visto en alguna Telenovela a un niño con capacidades diferentes que no sea usado como recurso de chantaje moral, o de burla, en esas mismas telenovelas donde abundan los estereotipos de chicas rubias de ojos verdes y esbelta figura, y chavos y hombres bien mamadolores y con barba cerrada? Ahórrense la respuesta.

Sí. Los niños con capacidades diferentes son la coartada perfecta para el empresaurio insaciable que ve en todas partes una posible fuente para su enriquecimiento. Lo curioso es que de la palabra de poderoso y del rico nadie duda; Poderoso caballero es don dinero, decía el Quijote, y decía bien. Al rico le salen amigos por todas partes, prestamistas que no cobran intereses. ¿No me digan que no se acuerdan del caso de Raúl Salinas, a quien su tocayo Salinas Pliego, entre otros empresarios millonarios, le prestó quién sabe ya cuántos millones de dólares y ni recibo le pidió? Ah, pero si yo le pido a cualquier banco un préstamo para una carcachita, pooooots, piden mil comprobantes y documentos, no me vaya a echar a correr y los deje con un palmo de narices. Al rico lo nacionalizan en un dos por tres, como a Zenli Ye Ghon, le entregan permisos de importación sin dilación, y después, como si se tratara de un asunto chueco, el proceso de nacionalización queda sellado como confidencial. Es decir, los mexicanos no tenemos derecho a saber cómo y quién es ése que fue nacionalizado sin necesidad de cubrir los requisitos que cubren muchos otros extranjeros que son académicos, profesores, investigadores, escritores, artistas, hombre de bien. Los ricos, los poderosos, tienen más derechos que los simples ciudadanos.

Y vean mi mente truculenta y retorcida lo que ha maquinado al exponerles este idílico paisaje que sirve de marco al Teletón. Dado que se supone se trata de una obra que beneficia a ¿cuántos niños? ¿A qué porcentaje de la población nacional? Nevermind; siendo una iniciativa de particulares, que no tiene que ver con programas públicos de atención social, con presupuestos públicos, ni con población en general, sino con un grupo perfectamente delimitado, elegido de antemano, no hay ningún momento en que alguna instancia gubernamental tenga que hacer acto de presencia (si acaso sólo cuando el dinero está en el banco, pero esa es información confidencial [¿no les digo?]). Vamos, ni siquiera un interventor de la SHCP, porque no hay sorteo alguno. Y entonces, lo recaudado no es fiscalizado por absolutamente nadie; increíblemente, la SHCP no puede pedir revisar nada, ni libros negros ni blancos ni de ningún color; no puede solicitar pago de impuestos de ninguna especie porque todo es donación (incluso en muchos casos de materiales, como es el caso del cemento que dona Cemex). Pero aquellos empresarios que pueden, donan al Teletón, sabiendo que recuperarán fiscalmente lo donado. Y, no debe extrañar, de seguro no todos los empresarios que donan al Teletón son blancas palomas. De hecho, es más que probable que no pocos narcotraficantes hayan creado empresas fantasmas que les sirvan para lavar dinero al amparo del Teletón y evitar cualquier fiscalización del gobierno. Y así se lava dinero frente a las narices del gobierno, frente a la sociedad entera, que sólo puede aplaudir, semilobotomizada ante tanta bondad y generosidad.

¿Cómo me atrevo a pensar algo tan sucio en algo que sólo busca el beneficio de inocentes? La verdad no sé, debo de estar enfermo. Supongo que es el entorno. Un país que ofrece adquisiciones de nacionalidad expresso, como el caso de Zenly Ye Ghon, y cuyas actividades ilícitas desatan el racismo colectivo sin que nadie se percate de ello; sin que la Comisión contra la discriminación alce la voz por el linchamiento colectivo hacia este mexicano de origen chino a quien ya todos los medios de comunicación han declarado ya culpable y sentenciado con el látigo de su desprecio; sin que nadie se pregunte por qué el gobierno panista (el actual y el pasado) es inocente y nadie pida llamar a cuentas al mejor presidente de la historia (como la revista de TV Azteca, Vértigo, lo llamó) ni al presidente al que le esperan los seis mejores años de la historia de este país; el país en que a un asesino como Luis Echeverría se le exonera de crímenes de lesa humanidad, y su correligionario de partido, Francisco Labastida Ochoa, sólo se le ocurre afirmar: “Hay que ver hacia el futuro”, una perla digna del Mochaorejas o de Zenly Ye Ghon, para no ir más lejos. Una país que, en fin, vive a la sombra de la sospecha de que todo es fraudulento, ilegítimo, ilegal, a menos que esté amparado por la ley, o por la moral y el chantaje.

No, mis estimados cero lectores, el Teletón es el proceso pavloviano de condicionamiento más asombroso de la historia. Ni a Hitler ni a Goebbels se les habría ocurrido algo así. No sólo lavado de cerebro colectivo, sino condicionamiento. Lo vuelvo a decir: el sueño de Orwell vuelto realidad. Apoyar al Teletón es apoyar un comportamiento ilegítimo, falaz, hipócrita, egoísta. Es seguir apoyando la mentira y el chantaje como discurso moral. Es dejarse guiar por el texto y no por el espíritu del texto; es fijarse en el texto de la ley, en el imperio de la ley, sin importar si eso es ilegítimo, abusivo, o injusto. Es darle mayor peso a la imagen (¿no ha sido siempre esa la preocupación de los empresarios cuando hay un conflicto social: la imagen en vez de la justicia? ¿La exterioridad en vez de lo sustancial?) que a lo esencial. Es proponer ayudar a alguien porque mejora nuestra imagen, y no porque sea lo justo. Es pedir la expulsión de los pobres porque afean las calles de la ciudad, exigir que se legislen las manifestaciones, en vez de pedir que se arreglen los problemas de raíz. Es, en pocas palabras, pensar sólo en mí, para evitar pensar en los millones de otros que no tienen voz ni voto, y que no saben lo que quieren.

Cuando la ley lo es todo, y se le evoca para justificar lo que sea, no hay lugar para el hombre, para la dignidad, para la justicia. Algo debería decirnos el nombre de Edmundo Dantés.

¿Alguien quiere defender al Teletón todavía?